En tu jardín

Mejor así.
Con el reflejo en la pared de la lámpara de papel que se tambalea a merced del viento en una noche triste de fuegos artificiales.
Qué ironía.
Celebración y tristeza, celebración y recuerdos de los momentos que de alguna manera viven.
La sombra que se proyectaba en la pared hace un segundo se ha esfumado abatida con el tiempo dejando paso a la que me acompaña ahora mismo.
Pienso en abrazarla por el mero hecho de abrazar pero la sospecho algo fría, algo rancia, algo vacía.
Su reflejo va barriendo mis entrañas para dejarlas amontonadas un año atrás, junto al mar, en la mejor compañía que ahora sé que existe.
Los fuegos, la playa, Ella.
Te quiero, madre, y ahora el mundo se me hace demasiado grande, demasiado falso, demasiado déspota, demasiado frío como para dejar reposar en él con calma este amor que me quema y por suerte me llena. Ahora siento que pierdo las armas para lidiar con todo aquello que no me importa, para batirme con el ruido que me agota.
Me faltan ganas para querer seguir buscándome en lo que debo ser y no soy, para encontrarme donde no estoy en mi mejor versión, siempre vista en estas letras bajo mi punto de gusto, ahora que estoy aprendiendo a hacerlo.
Me encuentro aquí. Sin hallarme bien en este mundo que se define nuevo ante mis ojos inexpertos en la sinceridad conmigo misma. Exhausta, esperanzada y asustada, echándote de menos, echando en falta tu abrazo.
Me gustaría bañarme en los fuegos que están a punto de comenzar. Dejarme absorber por su estallido y volar alto con ellos, que se los lleve el viento y caer justo en ti, en tu abrazo, en tu inmenso y generoso jardín para poder contemplar el resto de la función a tu vera.

El reloj de la estación

Había siempre un momento en el que el muro desaparecía por arte de magia. Y era siempre el mismo: el momento de ir alejándome de ella sabiendo que justo después estaría aún más lejos y no habría manera de acercarme de nuevo hasta pasado un tiempo.
Me dolía cada paso. Me dolía su abrazo aún, su mirada, su generosidad, su piel. Me dolía ella entera por no poder disfrutarla más tiempo. Y entonces me encontraba allí, en aquella sala abarrotada y completamente vacía, bajo aquel reloj gigantesco que el tiempo utilizaba para recordarme que de nuevo estaba allí, justiciero, frente a mí, convirtiendo ese instante en una especie de condena. Un nuevo y gastado aviso. Una colleja al alma para que despertara.
Y era entonces cuando todos mis interrogantes se resolvían como si nunca hubieran tenido hueco dentro de mí. Era entonces cuando mi conciencia se paseaba por el vacío que su lejanía dejaba en mi desarmado interior que aún permanecía templado.
Era entonces cuando pararía el mundo para acercarme a ella y decirle en el silencio más sincero todo lo que siempre acababa apareciendo bajo mis cimientos una vez la tormenta derrumbaba y barría los muros de mis propias sombras: mi amor por ella.
La madre de mi vida, la madre de los momentos donde su respiración y su pecho me envolvían en otra dimensión más verdadera.
El reloj marcaba en punto. Esa niña miraba la pantalla esperando a saber en qué tren con destino a no sabía dónde necesitaba subirse.
Preguntándose qué le traería el destino y de qué le alejaría. Teniendo claro que su mayor fortuna, fuera cual fuera la respuesta, era saber que visiblemente o en silencio, ella siempre estaría ahí. Siempre. Y la letra capital de esa palabra era al mismo tiempo la que más me dolía, más me enseñaba y más me regalaba.

Saberme

Saberme. Saberme desconectada. Conectada a ratos. Percibiendo interferencias.
Y en la lejanía, la sombra de una niña que grita desde mi pecho pidiendo escucha, pidiendo orden, pidiendo ser vista.
Desorden.
Caos.

Y en el silencio mi guarida, mi paz, mi encuentro.
Mis ganas de correr se desvanecen en la paz de una velita que sutilmente le baila al encuentro sobre mi mesa.
Encuentro.
La habitación ordenada, la lavadora puesta.
Ahora sí. Mi respiración comienza a coger ritmo. La agitación me abandona y tendiendo un manto claro
se marcha regalando a mi pecho el suspiro que le salva de mi tormenta imaginada.

Instantes

El pecho le latía cada vez con más fuerza.
Aquellos pesados segundos estaban siendo los más inquietantes de su vida.
El reloj marcaba en punto.
De repente la radio pareció cobrar vida propia.
El volumen variaba en función de las notas que pretendían desvelarle el mensaje.

Nunca antes la había escuchado y sin embargo supo distinguirla: era ella misma, su canción favorita.
Un estruendo en algún lugar de su historia le desveló su presencia en el resquicio de la puerta.

Sus pupilas dilatadas parecían ver tras aquel muro.
Se levantó lentamente y salió del salón. Allí estaba, tendido en el suelo, cubierto enteramente por un manto rojo aterciopelado.

Estaba confusa. Apenas acertaba a distinguir dónde terminaba él y comenzaba ella y sin embargo por fin parecía empezar a comprender el significado de los últimos 324 años que llevaba vagabundeando por aquel lugar que llamaban tierra.

Cogió su envío en brazos y, asegurándose de que no había moros ni judíos ni agnósticos ni ateos ni cristianos en la costa, subió a la azotea.
Tomó unos instantes para respirar de nuevo todo cuanto le había enseñado a amar la vida. Respiró los mil colores que el cielo ofrece cada tarde incluso a quien no sabe ver, las historias contadas y escritas, la magia del instinto, de las flores, de la luna y las mareas, la libertad y la inocencia, las ilusiones vividas, la lucha justa, el sol, el aire, el mar, la paz, el silencio, la bondad. Respiró el cosquilleo que guardaba en la memoria junto a cada uno de los abrazos que lo vieron nacer. Respiró todos y cada uno de los instantes que la constituían y seguirían haciéndolo.

Se envolvió en el manto y aquella casi olvidada puertecita surgió de nuevo de entre los recovecos de su memoria para dibujarse frente a su boca.
Se acurrucó, cerró suavemente los ojos y, entonces sí, transformando su piel y su voz en notas, las dispuso a merced del viento volviendo al fin a casa.

 

Stuart

Se llamaba Stuart y se alimentaba de cachitos de luna.
Allí tenía su casita, semejante a un queso gorgonzola ciberespacial donde en cada socavón se adivinaba el recuerdo de alguna merendola en buena compañía.
Los días de sol llenaba cada uno de los surcos de un color distinto y se pasaba las horas dibujando como imaginaba él que sería el mundo.
Su color preferido era el azul. No sabía por qué, pero sus bigotillos le hablaban de un gran globo flotando en la nada y pintado en su mayoría de azul.

Los días de tormenta de estrellas, Stuart movía los bigotillos y aprovechando la energía galáctica que iluminaba el cielo sin necesidad de velitas, sintonizaba con Marte.
Allí tenía a Dorotei, la más chica de sus crías, que estudiaba para flor y estaba ya en 5º de carrera. La pequeña Risica vivía un poquito más allá, en el 8ª anillo de Saturno. Ella aprovechaba la inercia y se pegaba todo el año viajando de gratis orbitando su propio planeta. Se creía muy lista por aprovechar la ocasión y presumía de tener una ventanita de 360º con vistas al universo pero Stuart de vez en cuando la pregonaba algo así como “verás tú como te marees… tanta vuelta ni tanta vuelta, que se te va a repetir hasta el primer babibel. Que te quede claro que yo no pienso ir hasta allí a por ti si luego te desorientas y no sabes volver a casa”. Pero, tanto en la superficie como en el fondo, no podía estar más orgulloso de su pequeña. Risica estudiaba para cocinera de nubes con sabor a melón y había prometido encargarse del postre en la próxima merendola.

Cuando llegaba la noche, Stuart cogía su caña y le colgaba un dátil, se acercaba a la naricilla de la luna y deslizándose por ella, se sentaba allí, al bordecito, mientras tarareaba el cántico silencioso del universo y se ponía a pescar futuros recuerdos de su preciosa ratoncita terrestre.

Sin timón

Esta noche que sopla un viento leve empiezo a comprender que no existen certezas, que no existe timón.

Me sorprendo desenterrando mis miedos, poniéndoles el ancla y echándolos al fondo del mar. Atándolos al origen, a mi punto de partida, para tenerlos localizados y ser yo quien los encuentre cuando me pregunte qué camino recorrí, qué batallas vencí.

Espérame, por favor, que esta noche sopla un viento leve y pretendo navegar, y quiero hacerlo sin pensar si habrá puerto ni tierra cuando me atrape la mar.

Borradores inconscientes

Vivir no es fácil, con los ojos abiertos…

Dejar reposar, que atraviesen las preguntas, permitir respuestas. Atravesar el miedo.
Más allá de los deseos, más allá de la capacidad de gestionar todo aquello que descubro.
No es fácil. No es fácil porque no lo es la vulnerabilidad, no lo es el vértigo, no lo es el vacío, no lo es la verdad.

Hacía frío. Las calles susurraban a los árboles y los gatos parecían hipnotizados ante la quietud y la vida silenciosa que palpitaba en las calles desiertas.
Los copos cubrían la ciudad conformando un paisaje patagónico, onírico, mágico. El corazón me latía con fuerza, y algo dentro de mí ardía mientras me dejaba ensordecer por el lenguaje barroco y la cadencia con la que se expresaba cada una de las vivas piezas de aquel escenario. Perdida en los minúsculos copos que vestían el aire, me entregaba a su disfrute olvidada completamente de la certeza de que acabarían cayendo.
Aceptar. Aceptar para no intranquilizarse por ello, para respirarlo, para no sufrirlo, para no lucharlo. Aceptar la secuencia: se gestan, nacen, se suspenden, reposan, se transforman y desaparecen, al menos en la forma original en que los hemos conocido,
en que nos han calado, en que nos han hecho viajar lejos, muy lejos, por fuera y por dentro de nosotros mismos.

Una habitación vacía.
Seguramente sea por la tarde, cuando el sol entre a media luz. Es ese halo, ese suspiro, esa intuición la que habla de ti. La que desnuda tu piel y te atraviesa sin sutileza el alma en busca de las respuestas que arden y queman al tratar de sostenerlas.
No niegues, especialmente entonces, la materia de la que estamos hechos.
Nadie dijo que fuera fácil desnudar los interrogantes, desvestirlos, montarles una fiesta y bailar extasiadamente con ellos aceptando la locura y lo onírico como parte de nuestra propia naturaleza. O quizás la única. Más que la cordura aprendida. Más que la interpretación coherente que buscamos con ansia para no caer en la espiral de vértigo que desemboca allá donde los miedos y los sueños comulgan con el silencio de la duda.

Una barca a la deriva debatida entre lo que eres y ya no eres. Una barca arrastrada por un continuo devenir a la que intentamos anclar en contra del sentido del fluir.
No. No creo que seamos el timón. Creo que somos el viento. La naturaleza que lo empuja, que lo crea, lo levanta, lo estremece y lo calma.

Ser. Nadie dijo que fuera fácil, con los ojos abiertos.

¿A qué huelen los jueves?

Mis jueves huelen a duda, a salto al vacío, a vértigo, a descontrol, a carcajadas, a silencio, a escucha, a piel.

Huelen a juego, a seguridad y a generosidad, a búsqueda y a descubrimiento, a encuentros y reencuentros, a creación, a superación, a barreras rotas, caretas autodespojadas y miedos descosidos, a locuras que alimentan y a locuras alimentadas, a pincho de tortilla y a Ribera, a magia, a suelo, a humildad. A libertad autoconcedida.

Huelen a incertidumbre sostenida, a aprendizaje, a suspiro, a VERDAD

A guiones rotos y a vida.

Y cuando llego a casa, mis jueves huelen a mar.

¿A qué huelen los tuyos?

A mi manera

Debe de haber una línea muy fina y discontinua entre la cordura y la locura. Una línea donde, como en las Bermudas, la densidad se revierte en un instante dotando a cada parte del sentido justo opuesto.
Locura y cordura… dos constructos rozándose la mano en, al menos, aquellos que haciendo mute a su sencillo modus operandi, prefieren desmigar la realidad y leer entre líneas para no perderse luz ni color emanando a silenciosos raudales de cada rincón.

Una respuesta con regusto a interrogante. Un batiburrillo de todo y de nada.
Una conclusión inconclusa, un segundero sin más certezas que la de ser y no ser la duodécima parte de cualquier circunferencia.
Un continuo devaneo, un te siento y no lo siento, un diluvio de algodón, una estación sin vías, un abrazo a mi reloj.
Tres vueltas al cuello con el abrigo de tu risa y cuando abro descalza la ventana, a mis pasos les brotan alas y se aflojan las tuercas de un cariño a duermevela.

Dime si no es de locos. Dime si no hay nada más cuerdo.
Si no lo es quererte sin ansiarte ni soñarte. Si no lo es quererte libre, quererte ausente, quererte cerca, quererte sobre puntos suspensivos recogiendo aliento entre mis piernas. Si no lo es disfrutar de tu presencia subrayada entre mis hojas, de tu conciencia sanamente intermitente, de tu hasta luego sin quejas. Si no lo es enhebrar tus charlas en mi permanente abrazo y la paz de tu juicio en mis zapatos planos. Si no lo es buscar y no buscar dónde descansa mi postura dispar.

Viejo amigo, quién sabe qué hay detrás de las respuestas mudas a mi retahíla de preguntas. Detrás de las nubes que pasan sin levantar sospecha, sin remover mi suspiro ni mi paz, sin barrer mi silencio.
Quién sabe dónde nace la dulce sombra que atenúa y refugia este leve temblor disimulado. Si aquel refugio no rebosa vida en las pestañas y viento sereno y fresco en la mirada.
Quién sabe qué hay detrás de hacerlo a mi manera.