Pequeño clínex, pequeño dado

Si el clínex fuera un personaje...

Tenía las manos arrugadas y los recuerdos colgados de la espalda.

Su andar, aún guardando el recuerdo de paso firme, se veía atemorizado por las sombras de los tropezones que todos estos años había acumulado.

Pero había algo en él que tenía el lustre de un recién nacido, algo que ni los años ni las decepciones acumuladas habían podido eclipsar, y era el alma blanca y pura que a diestro y siniestro mostraba sin escudo ni filtro.

Si el dado fuera un personaje...

Tiene 80 años y le encanta el bingo, aunque no renuncia a otros vicios

Vive con su gato Milú

Todo el mundo la saluda de camino al mercado.

Tiene andares alegres y vigorosos

Cada día de la semana desayuna escuchando uno de los 6 cds de su colección y los domingos de misa hace ayuno de palabra, pero solo hasta las 12

Tiene 4 hijos y 6 nietos y 17 bisnietos.

Siempre fue una persona atrevida, orientada a la acción, precipitada pero inteligente, aunque no le gusta mucho gastar excesivos recursos mentales premeditando las cosas. 

Era hedonista, creía que en este mundo la emoción tenía que comerle mucho terreno a la razón

Pocas veces se preguntó por el sentido de la vida. Cuando lo hizo, al rato se le olvidó en qué estaba pensando.

Nunca sabía dónde dejaba los trapos de cocina

¿Superpoderes?

Deberes escritura: Pequeño relato inspirado en la siguiente frase "Aquella tormenta eléctrica te mandó al hospital pero, al volver a casa sana y salva, descubriste que tenías superpoderes"

Abrieron las puertas de la ambulancia y me dijeron que me sentara en la silla de ruedas para acercarme al portal.
– Puedo yo sola
– Es protocolo

Empecé a buscar las llaves. Miré dentro del bolso y, con un destello, estas se contonearon para que me fuera más sencillo encontrarlas.

Entré en casa, me pegué una ducha y me senté en el sofá intentando recordar qué había sido de mí paso a paso durante los últimos 7 días.

En principio me mostré incrédula, mi cabeza lo quería negar, pero sí, inconfundiblemente la mirada de la presentadora de las noticias de la 4 iba dirigida exclusiva y personalmente a mí. 

Me iba dando pistas sobre la tormenta. Ok. Me situé en el principio. Volvía de la compra cuando el cielo oscureció tremendamente y empezó a iluminarse repetidamente. Los rayos no cesaban. Pero, ¿y después? qué pasó después? Necesitaba nuevas pistas. Entonces, me concentré y de manera telepática le supliqué nuevas pistas, algún indicio, algún dato que me ayudara a seguir hilando. Ella respondía. Estaba atónita pero sí, en efecto respondía a mis indicaciones. La presentadora ahora me lanzaba nuevas pistas.

Seguí hablando con ella sin hablar durante 20 minutos.

No me lo podía creer. Indudablemente había desarrollado superpoderes

Las riendas de mi vida

Deberes de escritura. Relato con similar comienzo y final

Descorrí las cortinas. El cielo reflejaba hoy el mismo temporal que había albergado mi cuerpo durante toda la noche.

Me desesperecé, me preparé un té con canela en rama, hice mi ritual de yoga y me puse en marcha. Salí con Tomás a comprar el pan, me pasé por la charcutería a ver las ofertas que tenía Pepe y me tomé la cañita de rigor de aperitivo con Laura. Qué haría yo sin escuchar sus historias locas. Tomás entró en casa como si el paseíto del domingo por el barrio le hubiera sabido esta vez a media maratón. Puse la mesa y nos sentamos a esperar mientras sonaban las repetitivas noticias de fondo. 

– A estar horas ya tenía que haber llegado.

– No te intranquilices, seguro que ya mismo aparece.

La sopa permanecía fría encima de la mesa. Su aroma se iba extendiendo por todas las habitaciones y el patio de la casa mientras la grasilla de las capas superiores se iba solidificando lentamente.Era el plato preferido de Laura y por eso mi madre lo había preparado. La previsión del día estaba clara: cocidito, un buen rato de sobremesa de esos que te alegran el alma y la vida y una buena tarde de mus.

Todos los domingos aprovechaba para regocijarme en la misma sensación.

Normalmente la rescataba cuando mi padre vacilaba con las cartas en la mano y, tomándose un tiempo más típico de un buen movimiento de ajedrez que de mus, yo me aburría mientras él decidía parsimonioso su jugada.Ahí llegaba mi momento, junto al aburrimiento. Bendito aburrimiento. Era en él donde yo hallaba la felicidad. Donde hallaba un rato de quietud que me permitía pensar que la felicidad tan perseguida no era otra cosa que un rato de monotonía aburrida donde TODOS, y aquí está el quiz de la cuestión, TODOS estábamos, simplemente. Para mí no había mayor definición gráfica de felicidad que estar rodeada de ellos. 

Pero este era un domingo distinto. Eran las cuatro de la tarde y no había señal ninguna de Susana.

– Llámala otra vez, por favor – decía mi padre, mientras mi madre intentaba quitarle hierro al asunto. Yo la miraba a los ojos y tras ese manto de calma con el que intentaba abrigarnos a todos, veía unos ojos asustados.

De repente, Tomás se puso a ladrar. Pasaron diez segundos que parecieron treinta minutos y se abrió la puerta. Nadie decía nada. La expresión de Susana era una incógnita.  Pidió disculpas, se quitó el abrigo presurosa, se lavó las manos y se sentó a la mesa sin soltar el bolso. 
– Disculpad. Me quedé sin batería y no pude avisar. 

Susana tenía un gato encerrado en el pecho y yo intuía que en cualquier instante iba a saltar pero era incapaz de anticipar el momento. Mientras comíamos, Susana no mencionada palabra. ¿Qué había ocurrido, ¿de dónde venía?

Retiré los platos.

– ¿Queréis algo de postre?

– Yo algo de fruta – dijo mi padre.

– Me voy a Nicaragua. 

Mis padres la miraron sin articular palabra. 

Tras cruzar a tientas un océano de silencio, mi padre reaccionó.

Susana, acabas de cumplir diecinueve años. ¿A Nicaragua? ¿Tú sola? ¿Cómo que te vas? ¿Cuánto tiempo? ¿Por qué?

– Me voy. No puedo decirte cuánto tiempo ni cuándo vuelvo, papá.

– ¿Cómo que te vas, y Derecho? ¿Dejas la carrera? ¿No estabas tan contenta? Con el esfuerzo que te ha costado sacar este primer curso completo. 

– Mamá, tú lo sabes bien. Odio Derecho. Me he esforzado este año, sí, pero era por haceros felices. No me gusta Derecho, no me veo en un despacho, no me veo entre leyes, tomos, juzgados y pleitos. Lo siento mucho si os decepciono. 

Sé que siempre esperásteis de mí que fuera la jueza que el abuelo no llegó a ser, pero esta no es mi vida. 

Me voy a Nicaragua a colaborar en un centro de recuperación de animales marinos. Vengo de la embajada de recoger el visado. Necesito empezar a vivir mi vida. Ponerle mi nombre. Espero que podáis entenderme.

El vuelo despegó a las siete de la mañana. A las cinco estábamos los tres y Tomás en casa de Susana recogiéndola. Llevaba una maleta mediana, un pañuelo liado al cuello y una felicidad en la cara de esas que no se borran de la memoria de quien la contemple.

Nos montamos en el coche. Nadie decía nada. Mi mente reproducía en cadena la felicidad que mi hermana llevaba tatuada en la cara. Era tal su disposición y confianza que me hizo dudar y desconfiar al mismo tiempo de la posición que yo ocupaba. Me engañaba a menudo creyéndome dueña de mi propia vida y sin embargo ahora no me podía esconder de una obviedad que me perseguía:  Siempre me había dejado arrastrar por el transcurso de las circunstancias. Me sentía como una china que arrastra el río, que lo mismo acaba en el mar, creyéndose libre a pesar no de haber hecho mérito ninguno por llegar hasta allí, que acaba perteneciendo a la primera balsa que se esconde detrás de la primera curva, donde el agua estancada empieza a favorecer la permanencia que las arañas de agua adoran.

Apenas tuve apetito de cenar esa noche. Es como si el sueño, tan deseado hoy, fuera el EXIT de la reina de las incógnitas: ¿Qué vida estaba viviendo yo? ¿Era la mía? Y entre la curva, la recta y el punto del interrogante, por suerte me quedé dormida. 

Sonó el despertador y descorrí las cortinas. El cielo reflejaba hoy el mismo temporal que había albergado mi cuerpo durante toda la noche.

– A estar horas ya tenía que haber llegado. 

Mar sin mapa

Estaba ahí, tan cercano como inaccesible, tan deseado como prohibido.
Siempre le había percibido como la otra orilla. Yo era una, y él, la de enfrente. Teníamos todo el recorrido de un largo río para tender un puente que nos conectase y acercase. Pero ahora, repentinamente el río había desembocado en un mar que no aparecía en el mapa. La ilusión de convertirnos en trucha y nadar río arriba no era más que una lejana quimera, porque lo que bajaba, aparte del agua, era el tiempo, y no se podía revertir.

Seguro que lo sabemos hacer mejor

Que el veto se haya levantado no quiere decir que todo haya pasado, que la realidad sea otra, que lo hayamos hecho muy bien ni que sea hora de quemar las ganas que teníamos de calle.

El virus sigue circulando, la gente se sigue contagiando, sigue habiendo personas que marchan sin despedida (¿os habéis parado a imaginar de verdad?) y seguirá por siempre habiendo más de 23 mil que se han marchado ya.

Cuando veo las imágenes de gente casi apelotonada, no me viene a la cabeza más que una cosa: la verdadera pena que damos. Cuánta empatía nos falta para poder llegar a ser los humanos a los que el término “humanidad” se refiere.
Parece que ya no nos queda mucho de eso.

No es hora de quemar la calle con salidas disfrutonas. No es hora del olvido. Nunca lo será pero mucho menos ahora, que la situación sigue siendo GRAVE.
Nunca habrá borrón y cuenta nueva tras el encierro por mucho que os empeñeis en celebrar ahora con abrazos absurdos. No hay nada que celebrar.
La realidad sigue siendo la misma con la única diferencia de que, por suerte, la sanidad empieza a estar menos colapsada.

Por favor, hagámoslo bien, no seamos imbéciles.
Seamos responsables: aún podemos contagiarnos, aún podemos contagiar y aún puede morir gente por nuestra irresponsabilidad.

No es momento para el egoísmo, para la ceguera ni para el olvido.
Es momento de seguir cuidándonos a pesar de que no nos obliguen forzosamente a ello.
Es momento de que sea una elección y no una imposición. ¿De verdad si lo dejan en nuestra mano, no elegimos proteger y cuidar al que tenemos al lado? ¿No nos gustaría que quien pasease cerca de los nuestros cuidase de no enfermarlos?
Depende de otros seres que cuando esto pase (cuando pase de verdad), podamos ir y abrazarles.
Depende de nosotros que los demás también puedan abrazar a los suyos.

Nos han dado un voto de confianza que a la vista de las primeras imágenes, no merecemos.

Vayámonos por favor a la esquina de meditar. Seguro que lo sabemos hacer mejor.

 

Pequeña valiente

La he buscado muchas veces fuera cuando la tenía dentro, reposando en mis rincones cohibidos, deseosa de que le diera la orden para empezar a trepar por mis entrañas y escurrirse por mis dedos, de dentro hacia afuera, atravesando la piel, convirtiéndose en palabras. Y yo empezando a pensar que esa manera de sentir con el alma descubierta, que esa magia que me da cuerda, se había marchado sin dejar rastro, tan siquiera una nota o un mapa que me ayudase a encontrarla de nuevo. Y resulta que estaba ahí, paciente, serena, simplemente esperando a que acallase las críticas que me hacían perder la fe y el amor en mí y volviese a mirar hacia dentro. No tuve que hacer más. Escuchar el leve susurro de su letargo, atreverme a mirarla, mirarme, encontrarla, encontrarme, expresarla.
Vuelvo a recuperar la palabra. Vuelvo a recuperar la vida que corre por mis venas.

Gracias, pequeña valiente que vives en mí por esperarme todo este tiempo, por no abandonarme, por hacerme ver, ahora sí, que eres parte de mí.

Él

Es de esos a los que les gusta poner tu nombre delante del suyo. De los que esperan en la estación de tren hasta que te pierden de vista. De los que enseñan al mundo sin armaduras lo que hay debajo de su piel.
De los que te miran a los ojos y te desnudan lo que ya creías desnudo. De los que lo hacen con tal delicadeza que esquivan el vértigo que no nace cuando sientes que te lee hasta la última de tus comas. No nace porque son los brazos a los que me confío cayendo de espaldas con los ojos cerrados sin dudar.

Es a quien elijo para caminar hasta el fin de mi mundo. A quien elegiría si tuviera que pasar una eternidad esperando en el limbo a un juicio divino. A quien me quedaría una vida entera estudiando las arrugas que le nacen. Con quien celebro cada mañana y cada luna, la luz y la lluvia, la locura y la calma.

Es la mano que siempre agarraría para ir a ningún sitio y a cada sitio. Quien me acompaña a caminar y se para a esperar. Quien me invita a creer y cree conmigo.

De quien podría estar la vida entera aprendiendo. Con quién podría hacerlo sin dejar de amar y amarme y amarle a cada instante.

Gracias por cada segundo que tatúo y llevo enmarcado en el alma.

Por ser camino, Gracias.

Si me hubiesen dicho que el amor puede más que cualquier dolor, no lo hubiera creído.
Que vulnera cualquier distancia y silencia todo ruido,
que alimenta hasta la parte del alma que ni siquiera estaba hambrienta porque no sabía que existía.
No. No lo hubiera creído ni hubiera creído tampoco que se pudiese ser salvavidas en un mar bravío,
en una mañana incierta, en un mundo loco.
No hubiera creído que un simple abrazo parase el mundo y levantase en la nada un cobertizo seguro donde no hay vacío,
ni prisa, ni frío. Donde no hay mañana sino tiempo detenido inundado de calma.
No hubiera creído que un cuerpo pudiera ser el oasis que su alma brinda
ni que los segundos pudieran precipitarse sobre mi vida cargados de certezas.
No hubiera creído nada de esto si no hubieses aparecido algún día en mi vida.

Gracias por ser mi salvavidas, mi oasis, mi refugio. Gracias por ser camino.