Las riendas de mi vida

Deberes de escritura. Relato con similar comienzo y final

Descorrí las cortinas. El cielo reflejaba hoy el mismo temporal que había albergado mi cuerpo durante toda la noche.

Me desesperecé, me preparé un té con canela en rama, hice mi ritual de yoga y me puse en marcha. Salí con Tomás a comprar el pan, me pasé por la charcutería a ver las ofertas que tenía Pepe y me tomé la cañita de rigor de aperitivo con Laura. Qué haría yo sin escuchar sus historias locas. Tomás entró en casa como si el paseíto del domingo por el barrio le hubiera sabido esta vez a media maratón. Puse la mesa y nos sentamos a esperar mientras sonaban las repetitivas noticias de fondo. 

– A estar horas ya tenía que haber llegado.

– No te intranquilices, seguro que ya mismo aparece.

La sopa permanecía fría encima de la mesa. Su aroma se iba extendiendo por todas las habitaciones y el patio de la casa mientras la grasilla de las capas superiores se iba solidificando lentamente.Era el plato preferido de Laura y por eso mi madre lo había preparado. La previsión del día estaba clara: cocidito, un buen rato de sobremesa de esos que te alegran el alma y la vida y una buena tarde de mus.

Todos los domingos aprovechaba para regocijarme en la misma sensación.

Normalmente la rescataba cuando mi padre vacilaba con las cartas en la mano y, tomándose un tiempo más típico de un buen movimiento de ajedrez que de mus, yo me aburría mientras él decidía parsimonioso su jugada.Ahí llegaba mi momento, junto al aburrimiento. Bendito aburrimiento. Era en él donde yo hallaba la felicidad. Donde hallaba un rato de quietud que me permitía pensar que la felicidad tan perseguida no era otra cosa que un rato de monotonía aburrida donde TODOS, y aquí está el quiz de la cuestión, TODOS estábamos, simplemente. Para mí no había mayor definición gráfica de felicidad que estar rodeada de ellos. 

Pero este era un domingo distinto. Eran las cuatro de la tarde y no había señal ninguna de Susana.

– Llámala otra vez, por favor – decía mi padre, mientras mi madre intentaba quitarle hierro al asunto. Yo la miraba a los ojos y tras ese manto de calma con el que intentaba abrigarnos a todos, veía unos ojos asustados.

De repente, Tomás se puso a ladrar. Pasaron diez segundos que parecieron treinta minutos y se abrió la puerta. Nadie decía nada. La expresión de Susana era una incógnita.  Pidió disculpas, se quitó el abrigo presurosa, se lavó las manos y se sentó a la mesa sin soltar el bolso. 
– Disculpad. Me quedé sin batería y no pude avisar. 

Susana tenía un gato encerrado en el pecho y yo intuía que en cualquier instante iba a saltar pero era incapaz de anticipar el momento. Mientras comíamos, Susana no mencionada palabra. ¿Qué había ocurrido, ¿de dónde venía?

Retiré los platos.

– ¿Queréis algo de postre?

– Yo algo de fruta – dijo mi padre.

– Me voy a Nicaragua. 

Mis padres la miraron sin articular palabra. 

Tras cruzar a tientas un océano de silencio, mi padre reaccionó.

Susana, acabas de cumplir diecinueve años. ¿A Nicaragua? ¿Tú sola? ¿Cómo que te vas? ¿Cuánto tiempo? ¿Por qué?

– Me voy. No puedo decirte cuánto tiempo ni cuándo vuelvo, papá.

– ¿Cómo que te vas, y Derecho? ¿Dejas la carrera? ¿No estabas tan contenta? Con el esfuerzo que te ha costado sacar este primer curso completo. 

– Mamá, tú lo sabes bien. Odio Derecho. Me he esforzado este año, sí, pero era por haceros felices. No me gusta Derecho, no me veo en un despacho, no me veo entre leyes, tomos, juzgados y pleitos. Lo siento mucho si os decepciono. 

Sé que siempre esperásteis de mí que fuera la jueza que el abuelo no llegó a ser, pero esta no es mi vida. 

Me voy a Nicaragua a colaborar en un centro de recuperación de animales marinos. Vengo de la embajada de recoger el visado. Necesito empezar a vivir mi vida. Ponerle mi nombre. Espero que podáis entenderme.

El vuelo despegó a las siete de la mañana. A las cinco estábamos los tres y Tomás en casa de Susana recogiéndola. Llevaba una maleta mediana, un pañuelo liado al cuello y una felicidad en la cara de esas que no se borran de la memoria de quien la contemple.

Nos montamos en el coche. Nadie decía nada. Mi mente reproducía en cadena la felicidad que mi hermana llevaba tatuada en la cara. Era tal su disposición y confianza que me hizo dudar y desconfiar al mismo tiempo de la posición que yo ocupaba. Me engañaba a menudo creyéndome dueña de mi propia vida y sin embargo ahora no me podía esconder de una obviedad que me perseguía:  Siempre me había dejado arrastrar por el transcurso de las circunstancias. Me sentía como una china que arrastra el río, que lo mismo acaba en el mar, creyéndose libre a pesar no de haber hecho mérito ninguno por llegar hasta allí, que acaba perteneciendo a la primera balsa que se esconde detrás de la primera curva, donde el agua estancada empieza a favorecer la permanencia que las arañas de agua adoran.

Apenas tuve apetito de cenar esa noche. Es como si el sueño, tan deseado hoy, fuera el EXIT de la reina de las incógnitas: ¿Qué vida estaba viviendo yo? ¿Era la mía? Y entre la curva, la recta y el punto del interrogante, por suerte me quedé dormida. 

Sonó el despertador y descorrí las cortinas. El cielo reflejaba hoy el mismo temporal que había albergado mi cuerpo durante toda la noche.

– A estar horas ya tenía que haber llegado. 

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