Querido desgaste

Querido desgaste:

Te he estrujado un poco más y te he mirado a la cara y en ti he encontrado cansancio y un destello de alegría.
Ha sido largo tu camino. Llegas cosidito de heridas, con los zapatos rotos y churretes por la cara. Quizás hayamos perdido inocencia en nuestro viaje o quizás hayamos perdido, en un simulado descuido, la magia romanticona que nos metieron por vena y nos impulsaba a perseguir insanas quimeras disfrazadas de amor que nada tienen que ver con este.

Te tengo delante.
Hueles a agotamiento y a esfuerzo, al polvo y al barro de la senda. Hueles a lluvia, a tormenta, a días de sol, a noches de encrucijada y a noches calientes y eternas. Pero también hueles a habitacion ventilada y vacía, con hueco suficiente para seguir construyendo.

Hemos descargado de la mochila cuanto ya no nos servía y hemos sido heridos de levedad por el arañazo que entraña desprenderse de aquello que adquirió nuestra propia forma y que nos acompañó y sirvió durante toda una vida.
Ahora es más visible nuestra piel.

Aún cuesta acostumbrarse a andar más liviano, pero yo CONFÍO. Confío porque de alguna manera, sé que este es mi camino.

Por eso estos ojos cansados también rezuman descanso.
Por eso ahora, desprendida del peso que me impedía seguir avanzando en mi propio encuentro, empiezo a descubrir mi capacidad de Amar al comprender el nuevo significado que a tan inmensa palabra otorgo.

Querido desgaste, traes contigo una carta. En ella, un mensaje: Tu relato del camino, de mi camino; y un destello.
Un destello que me ha atravesado la piel y ha empezado a buscar un nuevo lugar en mí para recolocar mis órganos, mi piel y mis ojos. Un destello que ha tornado lo que creía vacío, en aliento y en vida. Un destello de serenidad que me cuenta que entre tantos y tantos tropiezos, sigo creciendo.
Ahora sí puedo respirar, aunque sea en este preciso instante, el orgullo de contemplar que he sido capaz de parar, de separarme del huracán, de sacar una lección de todo ello. Ahora sí puedo observarme bajando al desván y rescatando mi amor propio de todo ello.

Y hay ganas, claro que hay ganas. Ganas de seguir aprendiendo y construyendo, de integrar lo aprendido y de desintegrar lo desaprendido.
Hay ganas de seguir caminando.
Hay ganas -muchas ganas- de Amar entre este sabio y valiente desgaste y este precioso destello.

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