Crónicas de un despertar

De pequeña me solía ocurrir que mis sueños me plantaban cara a cara fielmente frente a mis mayores deseos.
Así, me dotaban de inmediato de una técnica infalible que me otorgaba la capacidad de volar cuando me encontraba en la parte del patio del colegio donde las mayores me solían timar con los cromos.
Yo llevaba toda mi colección, inocente, con la esperanza de que alguien me cambiase alguno por otro de los últimos que me faltaban. Se formaba un revuelo de chicas altas alrededor mía y cuando se desperdigaban, me devolvían solo la cuarta parte de mis cromos.
Entonces volvía a aquel lugar en sueños y concentrándome mucho y moviendo tácticamente los brazos, iba adquiriendo altura hasta poder sobrepasar los muros de aquel lugar de sabotaje a mi inocencia.

Aprovechaba el alto vuelo que había alcanzado y cuando la luz caía, sobrevolaba las calles de Madrid. Casi siempre hacía el mismo recorrido. Disfrutaba de las copas de los árboles bajo mis pies y me asomaba por las ventanas de quienes más quería para ver qué descansaban y desearles en silencio buenas noches.
Me encantaba esa sensación, sentirme embutida en la magia de un duendecillo que aparecía en los rincones que añoraba y se llenaba del calor que solo un hogar te da. Mi hogar era el amor de mi gente.

Hoy he vuelto a soñar de nuevo con algo que, me comenta mi sueño, también anhelo.
Era un mensaje. Un mensaje en un post-it amarillo dirigido a mí. Eran palabras desnudas que daban forma a un sentimiento, a una postura, a una simple y clara emoción.

Al despertar, mi mensaje había desaparecido junto a mis alas.

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