Borradores inconscientes

Vivir no es fácil, con los ojos abiertos…

Dejar reposar, que atraviesen las preguntas, permitir respuestas. Atravesar el miedo.
Más allá de los deseos, más allá de la capacidad de gestionar todo aquello que descubro.
No es fácil. No es fácil porque no lo es la vulnerabilidad, no lo es el vértigo, no lo es el vacío, no lo es la verdad.

Hacía frío. Las calles susurraban a los árboles y los gatos parecían hipnotizados ante la quietud y la vida silenciosa que palpitaba en las calles desiertas.
Los copos cubrían la ciudad conformando un paisaje patagónico, onírico, mágico. El corazón me latía con fuerza, y algo dentro de mí ardía mientras me dejaba ensordecer por el lenguaje barroco y la cadencia con la que se expresaba cada una de las vivas piezas de aquel escenario. Perdida en los minúsculos copos que vestían el aire, me entregaba a su disfrute olvidada completamente de la certeza de que acabarían cayendo.
Aceptar. Aceptar para no intranquilizarse por ello, para respirarlo, para no sufrirlo, para no lucharlo. Aceptar la secuencia: se gestan, nacen, se suspenden, reposan, se transforman y desaparecen, al menos en la forma original en que los hemos conocido,
en que nos han calado, en que nos han hecho viajar lejos, muy lejos, por fuera y por dentro de nosotros mismos.

Una habitación vacía.
Seguramente sea por la tarde, cuando el sol entre a media luz. Es ese halo, ese suspiro, esa intuición la que habla de ti. La que desnuda tu piel y te atraviesa sin sutileza el alma en busca de las respuestas que arden y queman al tratar de sostenerlas.
No niegues, especialmente entonces, la materia de la que estamos hechos.
Nadie dijo que fuera fácil desnudar los interrogantes, desvestirlos, montarles una fiesta y bailar extasiadamente con ellos aceptando la locura y lo onírico como parte de nuestra propia naturaleza. O quizás la única. Más que la cordura aprendida. Más que la interpretación coherente que buscamos con ansia para no caer en la espiral de vértigo que desemboca allá donde los miedos y los sueños comulgan con el silencio de la duda.

Una barca a la deriva debatida entre lo que eres y ya no eres. Una barca arrastrada por un continuo devenir a la que intentamos anclar en contra del sentido del fluir.
No. No creo que seamos el timón. Creo que somos el viento. La naturaleza que lo empuja, que lo crea, lo levanta, lo estremece y lo calma.

Ser. Nadie dijo que fuera fácil, con los ojos abiertos.

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