Un portazo

Un portazo, tres vueltas de llave y la sensación de olvidarme de algo. Un portazo parecido al de cada mañana, parecido al que me despide cada vez que cierro la puerta rumbo a Madrid. Pero hoy suena distinto.

El hecho de ser el último del año me hace percibir de manera más evidente la noción del tiempo y quizás sea esa conciencia la responsable de que haya retumbado dentro de mí como retumbaría un estruendo breve, vasto y seco en un lugar cerrado y desierto.

Tengo la sensación de olvidarme de algo y de que ese algo no es sino la atención, dedicación o valentía que no he prestado a cosas importantes que la merecían y que ya quedan atrás. Momentos que quedaron relegados a un segundo plano por alguna banal razón y momentos que fueron sólo medio vividos por simple cobardía. Momentos que, junto a aquellos otros que fueron disfrutados con los mil sentidos, forman el conjunto de las historias que somos. 

Me estremece pensar cómo no retumbará ese último portazo que dé. ¿Cuántas historias me quedaré con ganas de haber vivido en el momento que ocurrían? Si algo he experimentado este año gracias al teatro es lo complicado y mágico que resulta al mismo tiempo estar presente en el presente.

Un suspiro y muchas ganas de sentirme viva. Ése es el postre que me regala este texto. Y pretendo saborearlo despacito. 

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