El espejo

Hace poco leía y escuchaba varias historias de mujeres que me sorprendieron realmente.

Una de ellas la contaba mi amiga (aunque ella ni siquiera sepa que existo) Rosa Montero en este genial artículo:

 http://elpais.com/elpais/2016/03/15/eps/1458066586_906285.html

Chus, un mujerón de primerísima, valiente, grande, inmensa, con una capacidad de lucha y superación sublime, capaz de soñar muy alto y de echarse a andar persiguiendo sus sueños hasta cotas donde rozaba el cielo con los dedos, fue la primera española que logró subir los 8848 m. del Everest sin oxígeno.

Estaban de compras. Una prenda, una misma persona, dos cuerpos. Ella y la mujer parida por su propio juicio se enfrentaban ante un espejo que hacía su función. Un espejo que exponía de manera nítida la imagen que tenía de sí misma. Un espejo que mostraba el producto neto que resultaba tras aplicar el filtro de la presión social que nos ahoga. Veía a alguien pequeño, desfavorecido, un cuerpo mejorable.

Las cotas de sus exigencias quedaban por encima de los 8848 metros, por encima de lo de lo humano, de lo real. Por encima del logro de sus sueños. En un lugar al que no resulta fácil acceder de manera consciente.

La otra historia hablaba de Marie Curie. Pionera en el campo de la radiactividad, fue la primera persona en recibir dos premios Nobel en distintas especialidades, Física y Química, y la primera mujer en ocupar el puesto de profesora en la Universidad de París.

Recibió balas y flores en el mismo costado. Mientras Einstein expresaba así su admiración hacia ella, “Me siento en la obligación de decirle lo mucho que admiro su intelecto, su propósito y su honestidad y que me considero afortunado de poder haberla conocido en persona en Bruselas”, Marie Curie escribía una carta a su padre contándole sus reconocimientos. “Me alegro mucho de tus premios hija, pero es una lástima que tu descubrimiento no sirva para nada”. Algo así debió recibir por respuesta y desde aquel instante, su carrera, su mente y su propia imagen fueron condenadas a una mediocridad brutal para el resto de su vida.

Sin la aceptación de alguien a quien amaba, su juicio quedaba cojo. ¿Qué otro mérito podría perseguir ahora para recomponer y sanar su autoconcepto?

Ahora su meta se situaba más allá del premio Nobel, más allá de los 8848 metros, vagando por el limbo de lo imposible, de lo irreal, de lo inhumano, de lo insano. Y debía de alcanzarla para rearmarse, para respirar, para permitir quererse de nuevo.

Es posible que cerca de la habilidad de cuestionar hallemos una victoria ante las inalcanzables y absurdas exigencias. Cuestionar para desnudarlas, para evitar hacerlas propias, para desprenderse de ellas. Cuestionar para respirar en paz sin la necesidad de ser perfecta ni pretender serlo.

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