De colores escondidos

Quiero una barca sin fondo, unos remos con alas, un mar sin final. Quiero principios ingenuos. Miradas inocentes que silencien el mundo con su verdad. Quiero escuchar la lluvia salvaje. Intuir la risa de las gotitas que se persiguen tras el cristal. Quiero vestir los rincones dormidos con flores que no marchiten jamás. Quiero unos pies que vuelen ignorando las reglas del tiempo, que inventen acordes, que me cuenten a qué sabe la vida mientras sujetan sus páginas como un breve relato con principio y final. Quiero respirar a sorbitos la luz que refleja el mar.

Quiero liberar los movimientos ahogados, desperezar los sueños que hibernan, entrecomillar los “debo”. Quiero primero bailar y después pensar. Quiero absorber la aceptación de las ruinas, aprender a dejarlo todo estar, y sólo cuando lo consiga, buscar lo que quiero transformar. 

Quiero saborear lentamente la magia, mirarla a la cara, regodearme ante la pureza que ni 100 siglos de experiencia podrían malear. Quiero dejarme encontrar por el calor que arde al alzar la mirada, que derrumba mis muros, que me trepa lentamente para después atravesar mi sentido y mi verdad. Quiero convertirme en una gota que pasea libre entre el cielo y el mar.

Quiero recordar que el norte se inclina hacia aquellos lugares donde amamos la vida y aprendimos a respirar.

Y después, si tiene que llegar la realidad, seguiré buscando los colores escondidos entre la aparente normalidad. Seguiré inventando un horizonte utópico para nunca dejar de avanzar. Y si llueve, seguiré pintando cada día el jodido letrero de ‘una vez más’. Aprenderé a anudar los nudos que a veces me doblan por la mitad. Seguiré aprovechando el vuelo de las estrellas caídas, intentando colgarme de alguna de sus esquinas. Desnudaré el ruido. Esquivaré los abrazos vacíos, las caricias que no abrasen, las miradas que no vean más alla. 

Lo sé.  Siempre termino hablando de alas. Pero es que a veces necesito altura para ver con claridad. Para alejarme de la prisa por resolver algunas dudas. Para aceptar que, tal vez, la única certeza que hallemos sea la de saber que sólo en este instante podemos sentir y soñar. 

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