Abismo

Hemos quedado en 10 minutos y estoy al borde de un ataque de nervios.
Mi corazón retumba suplicando algo que no comprendo y en mi mente los garabatos rezuman un gris ensordecedor. Si mi cuerpo no tuviese límites, si no tuviese piel, mis entrañas habrían formado un ejército y en menos de tres segundos habrían cruzado desbocadas la naranja línea del horizonte.

De repente estoy desnuda en mitad de la sala. De pie. Todo el mundo me observa atentamente, en silencio. Están sentados contra la pared, afanados en la única tarea de dejarse penetrar por el más mínimo detalle que mi cuerpo revela.
Vibraciones que no serían percibidas ni por una mansa balsa de agua, el balanceo de mi cuerpo, tensiones contenidas, sonidos mudos, risas reprimidas… todo lo absorben al mínimo detalle sin precepto alguno. Es un lenguaje que no utiliza palabras. Ni siquiera símbolos. Un lenguaje donde lo único que gobierna es la intuición, los guiones rotos y el presente que se desvanece a cada efímero instante.

Un nudo corretea entre mi pecho y mi estómago 17-06-08-frente-al-abismodibujándome a ratos una sonrisa nerviosa. Me hace pequeña, muy pequeña. Y sonrío de nuevo.
Mi tensión, mi vergüenza, mis ganas de salir corriendo. Todo intenta escapar a través de mi boca aprovechando mi risa, a través del atajo que encuentra por la comisura de mis labios.
Sonrío. Sonrío porque estoy al borde del abismo, a punto de perder el control, al borde de conseguirlo.
Un paso más y desplegarás las alas.
Una risa más y silenciarás el vértigo renunciando a descubrir si al soltar el timón te empiezas a descubrir.
De repente el viento. Lo absurdo y la cordura. La aceptación y la lucha. Mi sensación se desvanece lentamente desde el momento en que se rinde mi mente.

Alguien dictó que lo diferente debía ser juzgado y de aquel susurro nació la imperiosa necesidad de encajar en una sana respuesta. Sana a juicio de todos. Sana, por tanto, a juicio de nadie.
Respiración intensa. Latido vehemente, deshonesto, bello. Señales que nos advierten vivos mientras luchamos por matarlas.
Limitarnos a sentir. ¡Qué titánica utopía!

Hablaban de vergüenza y de su poder de seducción.
Yo que tanto he luchado contra ella. Yo que tanto he tratado de esconderla, de disimularla, de quebrantarla. Yo que tanto lo sigo haciendo en el intento de camuflar lo que absurdamente considero absurdo. Lo es, claro que lo es. Es una seducción casta, tan involuntaria como inocente. Lo percibimos claramente cuando a quien invade es a la persona que tenemos enfrente. Pero cuando es uno mismo el que pende del hilo, cualquier escondite es buena madriguera.

Expuestos, sobreactivados, desnudos de herramientas… tal vez vivir no sea otra cosa que aceptar el temblor que nos gobierna cuando miramos a los ojos de aquellas situaciones que nos resultan más arduas de lidiar. Tal vez la debilidad no sea más que el perfecto cómplice al que debamos escuchar y dejar de franquear.
Decidamos no luchar. Desnudemos la desnudez, la vergüenza, la vulnerabilidad. Despojémosla de todo juicio y tal vez comprendamos que es inevitable gozar de la bella y franca fragilidad.

 

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