Mi Madrid

Siempre he renegado de Madrid.
Del abuso de hormigón que ha permitido, de su ruido, de su asfixiante ritmo, de la dosis extra de capitalismo en vena, de su boina, que arranca de cuajo el brillo a las estrellas y la oscuridad al cielo, de su arrasadora competencia, capaz de levantar una paranoica suspicacia y hacerse intuir incluso tras el más íntimo, placentero y revelador de los momentos.
Está supeditado mi rechazo al atraco descarado que acomete sin presagio de una cantidad ingente de horas de mi vida. Porque en madrid los días no cuentan 24, permítanme decirles. Y si usted es dueño de una vida relativamente inquieta, entre idas y venidas, bien subterráneas, bien en carreteras condensadas, el descenso puede ser drástico.
Está supeditado mi rechazo a la jerarquización pragmática de la urgencia y la importancia; a ese orden estrictamente establecido que marca tu posición, tu dirección, tu rumbo y tu velocidad.
No puedo evitar resignarme ante el criterio incuestionable, anexo al madrid de hoy como claúsula insalvable, por el que somos programados sutilmente para avanzar antes de que tomemos la decisión de mandarle la orden a la pierna. Así nos encontramos muchas veces embebidos por un ritmo en el que se revela la despersonalización como una cuestión perseguida y alcanzada por un ente superior. Y sientes más frustración si cabe al ser consciente de que tú materializas su logro, un logro con sabido interés inhumano.

Es en esa corriente, digna de desconfianza, en la que no se hace extraña nuestra reacción autómata de asignar un último eslabón a las contadas cosas que únicamente tienen inmensurable valor en sí mismas, un valor genuino, un valor implícito imposible de definir en función de la utilidad de un fin perseguido.
Me refiero a todo aquello que encierra el ingrediente necesario para que la vida cobre o recobre un brillo y un sentido. Me refiero a los instantes que nos componen, a los momentos compartidos, a las personas que llevamos tatuadas en el brillo de los ojos, a las sensaciones que nos erizan la piel, a los sueños, a las ilusiones, a aquello tan digno de contemplar que fumiga nuestra mente contra toda cuestión trivial, a lo que nos da un pellizquito en el alma y nos inunda de lleno.
Solo con ese ingrediente somos capaces de sostener el peso de un impuesto e insaciable quehacer social y, sin embargo, muchas veces nos sorprendemos sacando brillo a los eslabones medios y descuidando los cimientos.

Reniego de ella, es cierto. Pero cada vez que piso esta tierra Madrid me cuenta que no solo es recelo. También es mi alimento, mi historia y mi identidad.

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