Aprendiendo a aprender

Mafalda

De vez en cuando se le antoja a la vida incluir en el menú diario momentos empachados de optimismo y estados de euforia en los que sentimos que nos vamos a comer el mundo. Pero esa confianza gratuita que nos llueve del cielo, tan renovadora como efímera, se esfuma al primer tonto tropiezo, y es entonces cuando comprobamos que si uno intenta cruzar la cuerda frágil de un ego sin fundamentos, pronto se desequilibra.

El preludio de una genuina confianza podría comenzar con una mirada humilde al mundo bajo la gozosa sospecha de todo lo que aún tiene por darnos y el recuerdo de lo mucho que hemos andado hasta llegar hoy aquí.

Tal vez esta confianza se base en no dejar nunca de Aprender. O, mejor dicho, en aprender a aprender.
Aprender a asumir nuestras limitaciones y a equivocarnos; a perder el miedo a hablarnos sinceramente; a estar tristes sin asustarnos; a reírnos de nosotros mismos, escapando de la necesidad de resaltar lo bueno y esconder lo malo.
Aprender a admirar a otros sin infravalorarnos; a deshacernos del deseo que nos cuelgan a la espalda, y parece inherente a nuestro rol en este mundo, de estar acabado a gusto del consumidor; a ser pacientes.
Aprender a no intentar alegrar el día a otro sin antes alegrar el nuestro.
Aprender a cambiar la sensación de sentirse pequeño por la de sentirse uno mismo.

Pero, sobre todo, tal vez se base en aprender a estar a solas sin querer huir, entendiendo la soledad como la entiende Darío Jaramillo en estas palabras:

Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma:
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con tu sombra,
que esa tiniebla eres tú.
Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario;
déjalo esperar sin esperanza
que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.
Pero primero está la soledad,
y tú estás solo,
tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo-.
Acaso una noche, a las nueve,
aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti,
y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;
pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor.

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