Pasa la vida

Princesitas de blanco, tripitas pintadas con margaritas gigantes, y en mi cuarto una sinfonía de suspiros entremezclados con artículos de opinión que esconden frases consoladoras que dicen “no busques tu otra mitad porque ya eres una naranja entera”.
No se si para bien o para mal, el caso es que su carácter alentador, a mí, de vez en cuando, me renueva. Mi travioso inconsciente las busca de manera intencionada, creyendo el pobre que no me doy cuenta, así que para no hacerle pasar un mal rato (y como no me cuesta nada), hago que me sorprendo al encontrarlas y que su eco, revelador de una verdad universal que me desvela que así se está de vicio, funciona.
Pero, seamos sinceros: de vicio un carajo!
No digo que se esté del todo mal, pero decir que se esta de vicio, pues tampoco.

No nos engañemos, uno necesita endulzantes de vez en cuando para el gustillo agridulce que de vez en cuando deja la realidad. Realidad en la que uno se siente cuerpo de un alma muy exigente que, por saber lo que busca, sospecha que es mas fácil encontrar una aguja en un pajar.
Allá por el horizonte se pierde una etapa conformista donde lejos de buscar una media naranja, nos valía con cualquier gajo de mandarina.
Ahora no es que resulte difícil conformarse, al contrario, pero es que no quiero. Ni quiero ni se me da bien decirle a mi patata, que ha resultado hervida, cocida, frita y aliñana al mismo tiempo mientras estaba ocupadísima amando de verdad, que se contente con los besos de aquel que le hace gracia. Tampoco se decirle a mis manos que le acaricien con ganas. No sé conformarme con sonrisas, con compartir gustos, ni con pasar el rato… no se hacerlo poque sé lo que es morir de alegría por un mañana a su lado, sé lo que es dejar de existir para convertirte en un momento, sé lo que es que te rompan los esquemas cuando comprendes el mundo de una manera que jamás habías sospechado, y sé que ninguna de esas sensaciones puedo olvidarlas.

Entre tanto inconformismo y tanto ardor de mandarinas aborrecidas, me observo y me veo aprendiendo otra vez a caminar, como aquel que empieza una nueva vida.

Parece que esta nueva (aunque no necesariamente buena) exigencia, exige a su vez cosas nuevas que no deben tan solo adaptarse bien a uno, sino que además deben parecer echas a medida. Exige sueños propios, exige lucha y exige quererse más y mejor.
Quizás sea por todo eso (y por el autoconvencimiento de que nunca es tarde), por lo que me veo estudiando algo nuevo, como quien vuelve a nacer y tiene aun todas las oportunidades de soñar y echar a la carrera tras ello. Tal vez esa sensación de “última oportunidad” sea tan solo una manera de dejarse la piel en cada intento, aunque en el fondo nunca se acaben.
O al menos eso pienso yo, que siempre estamos a tiempo de soñar, de buscar y de crecer.

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