El vestido del sentir, del vivir

Qué penita no poder guardar en el armario el positivismo con el que decoramos la vida en un momento determinado. Esas ganitas de vivir, de descubrir mundo, de volar, de correr, de reir, de mirar a los ojos, de bailar, de disfrutar de mi gente. De tumbarme en el suelo y buscar las cositas que se recrean por mi cuerpo y perderme en ellas. De cerrar los ojos y limitarme a oler, sentir, respirar. Esas… ganitas de esconderme en un rincón perdido con vistas a la Alhambra y contemplar… simplemente contemplar. De verme subida a un caballo por el circo de Gredos mientras el airecito me roza la cara. Esas ganitas de perderme debajo del mar disfrutando de la sensación de inmensidad de aquel lugar desconocido, de la curiosidad de pececillos que se acercan inocentes a investigar y me provocan la ternura que me suele provocar aquel que vive ajeno e ignora cuánta maldad se ha colado en esta tierra para destruirla a cambio del veneno de unas monedas, tierra que guarda silencio y protege a esas criaturas como sus mayores tesoros. Esa fuerza que te hace perder el miedo a las duras cuestas arriba que están por llegar, donde las ganas de vivir se beben su inclinación y las convierten en caminos llanos. Sería un vestido indispensable, mi prenda número uno del fondo de armario. Una telita con la capacidad de transformar un día triste en uno muy dulce que utiliza como herramienta el secreto que guardan los motivos por los que nos sabemos afortunados de sentirnos vivos.

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