Camino de Santiago 2013

Y aquí estamos, cayendo bruscamente de una nube que nos absorvió durante una semana y ahora abre sus brazos para dejarnos caer en un día cualquiera de la realidad que hemos ido construyendo. Me siento descolocada, como cuando uno despierta de un sueño muy real e intenta encajar lo q acaba de vivir con lo que tiene presente al despertar.

Me cuesta arrancar cuando se trata de expresar sensaciones que desbordan los 6 sentidos. Seis porque el duende de aquellos días se escapan y desbordan los sentidos comunes…

Estuve muchas veces a punto de escribir lo que iba viviendo mientras andaba… pero no me atreví. No me atreví por miedo a no saber compartir con el papel que tenía delante, deseoso de inmortalizar mi experiencia, la esencia de cada momento. Lo mismo me ocurre ahora, cuando percibo los celos de esta hoja al saber que guardaré, para mí solita, muchísimos momentos que no llegaré a compartir con ella. Momentos que, al despedirnos de ellos, nos empapaban la carita y llegaban a estremecernos.

Guardaría en una cajita cada recuerdo, para poder abrirla cuando necesite que algo me alegre el día.  Guardaría cada uno de aquellos desayunos en los que, sin querer, sonreía al veros de nuevo al sentir que un día más seguíamos todos juntos, al recordar que aún quedaba camino. Guardaría aquellos duros despertares a las 6 de la mañana cuando alucinaba al ver que ya no quedaba nadie en el albergue; aquellas miles de cervecitas (y se qué fueron miles porque acabo de mirar mi pobre cuenta ;D); incluso las noches de ronquidos; Guardaría la expresión de cada uno cuando sonreía; aquellas historias que la caprichosa vida había tejido sobre cada uno de vosotros y que escuchaba encantada con interés y atención.  Guardaría cada caricia, cada uno de esos abrazos sinceros que me transmitían paz y un cariño inexplicable. Guardaría la lucha y el esfuerzo de cada uno de vosotros cuando estábais cogitos. Eso lo gardaría al ladito de la verdadera preocupación de todo aquel que se paraba a preguntar cómo ibas. Aquellas paradas en mitad del camino para esperar con gusto a alguien que nos hacía disfrutar sólo con su compañía; aquellos días en los que no había nada más importante que disfrutar de compartir aquel ratito de vida. Esas cenas compartidas; los imposibles cafés de puchero o manschaitos que no llegaron nunca a conocer la leche; Guardaría aquellas miradas adorables que os hacían transparentes y me confesaban la suerte que había tenido al encontraros en el camino. Las vistas increíbles de cada rincón; Los dos minutitos de lluvia que permitieron a más de uno estrenar con alegría su chubasquero; La alegría que se sentía al volver la vista y ver una cara conocida con quien se había compartido algún ratito anteriormente.   Guardaría lo más importante de todo, el saber que tenemos la capacidad de permitirnos vivir por unos días como deberíamos de vivir toda la vida, saboreando cada segundo, cada olor, cada sonido, cada sensación.  Disfrutando del presente, que nos empapa de sensaciones, en lugar de orientarlo a buscar un mañana mejor. La capacidad de vivir sin esa obsesión de una búsqueda interminable en la que no existe ese tesoro prometido que tánta felicidad nos roba. Qué fácil y qué cerca se encuentra la felicidad, con lo lejos que la sentimos a veces. Cuántas cosas que creemos importantes y necesarias realmente no tienen ningún valor y, sin embargo, cuántas otras, tan sencillas, tan discretas, ignoramos siendo las únicas que nos permiten alcanzar esa felicidad.   Estas imágenes me van a acompañar toda la vida para que siga disfrutándolas a pesar de que esto se haya acabado. Imágenes como éstas son las que nos hacen crecer y tener cada día el alma un poquito más grande y más limpia al alimentarse de momentos que no existirían si no fuese porque gente como vosotros. Gente que,  debido a casualidades que podían haber sido vulnerables a hechos tan simples como haber encontrado un vuelo más barato o haber cogido un autobús un día antes, se encuentra “””casualmente”””. Estas imágenes me ocupan tanto lugar dentro que el último día sólo era capaz de expresar lo mucho que me llevaba con la mirada, porque la voz no me daba.

Lo que daría por mantener cerquita a aquellas personas que, siendo desconocidas unas horas antes, de repente empezaba a adorar y me hacían sentir, sin necesidad de comprender, que robaban un pedacito de mí y yo no lo quería evitar.

Lo que daría por un último cigarrito sentada por la noche en la plaza del Obradoiro, con la catedral enfrente, sin una sola alma vagando por allí. Enfrente de Santiago. Pensando la cantidad de personas que en ese momento estarían acostadas, preparadas para levantarse a las 6 de la mañana con dolor en sus piernas, invadidas por una ilusión de la que no serían conscientes hasta que llegasen a encontrarse donde me encontraba yo. Preparada para levantarse como hacíamos nosotros cada día, con una ilusión que empapa los momentos con una magia indescriptible que nadie sería capaz de entender a no ser que viviera lo mismo desde dentro.

Lo que daría por disfrutar un segundito más de aquella luz, de aquella inmensa paz que me envolvía tras haber vivido, sentido, compartido, reído y disfrutado tanto. Lo que daría por verme de nuevo delante de aquella plaza vacía, alborotada y desbordada por un nudito que me ahoga de felicidad, un nudito de sensaciones y recuerdos que no existirían por sí solos si no es por las incríbles personas que, sin buscarlo, han compartido conmigo lo mejor de sí mismas, mostrándose sin miedo con una transparencia que permite leer, línea a línea, lo mejor de su alma, con una transparencia que hace que no sea necesario apenas conocer el nombre ni la vida de esa persona para llegar a saber quién son.

Gracias porque el camino no es más que cada segundo, cada paso, cada mirada y cada momento que he compartido con vosotros. Gracias porque sin vosotros el camino sólo habrían sido 200 mil pasos sin sentido. (Doscientos tres mil en mi caso, que tuve que volver a por mi palo! )

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