Tormenta

Lluvia. Tormenta. Ventisca.

Levanto la mirada… Desaparecieron ya las gemínidas que habitaban el cielo.
Un aire repentino revuelve las hojas que yacían dormidas. Maestras de la entrega. Entrega absoluta a la noche de invierno que las barre dejando lugar a una nueva vida.
Tierra. La misma tierra que reposaba hace un instante bajo mis pies, se enreda furiosa en mi pelo sin preaviso y me pinta la cara de un gris ceniza. Viejas magulladuras me saludan de nuevo.

Una puerta. Una puerta en mitad de la nada. Un punto que siempre me acompaña. Apenas levanto el dedo. Respiro. Le acaricio suave. La puerta se abre. Dentro: la paz, la calma, el abrazo. El tiempo.

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Ardo

Quisiera escribir una verdad tan tangible como el sentimiento que me provoca. Un sentimiento que debe palparse allá por la estratosfera, donde estoy convencida deben recibirse señales directas de cada célula ardiente que conforma mi piel.

Sí. Ardo.
Ardo porque estos últimos trazos de mi camino tienen más de cóctel molotov que de sosegado sendero. Ardo porque el menú degustación servido a cada paso me ha desvelado de qué va esto de vivir.

He abrazo el miedo y he dejado a la tempestad susurrarme al oído. He buceado en mis infiernos y he abierto la ventana de par en par ante un torrente que azotaba la paz de mis piezas hasta ahora encajadas.

He reemplazado temores por la confianza nacida al intuir que era justo ahí, empapada y desnuda, donde debía permanecer en pie. Así que he clavado con firmeza mis pies a la tierra y he confiado. Y el aire me ha sostenido.

Me he definido en el regusto que con el tiempo ha dejado en mí cada bocado y he hablado con la luna cuando el cuerpo y las noches me temblaban.
He intentado pintar estelas blancas en el agua gris y he caminado a ciegas de la mano de una sabiduría ancestral que late en mi vientre y que impide que mis raíces se dejen seducir cuando la base es estéril.

Me he quedado inerte ante un portazo, como un póster colgado en una habitación cerrada que ya nadie mira desde hace años, que ya nada tiene que despertar, nada que decir ni recibir de las viejas miradas.

He llorado de amor, me he revuelto de felicidad y he permitido que mi mundo entero se retuerza de placer.

He renacido más fuerte en cada herida y he sido testigo de caricias capaces de tambalear el mundo inundando de luz los lugares más oscuros.

He sido todo y he sido nada y justo ahí, en esa contradicción, me he encontrado a mí misma más que nunca.

 

Barriguillas alumbradas

Estaba sentada en el muelle con la mirada y el sentido perdidos en el mar. Todo cuanto escuchaba era su susurro. Ni si quiera mi cabeza se permitía hablar. Estaba mecida, abrazada, caliente…y cada átomo de mi cuerpo estaba entregado a ello.

La tarde caía y un avión cruzaba discreto el silencio. Desde ahí abajo, se asemejaba a un animalillo inocente, tan inocente que llevaba su barriguilla alumbrada dejando al descubierto su parte más sensible. En mi imaginación, yo le hacía cosquillas en la barriga en un acto de simpatía y complicidad.

Mi amiga me habló y en contra de mi voluntad tuve que volver al mundo para seguir atendiendo a la charla.

Levanté la mirada buscando de nuevo al avión en el intento de recuperar aquel juego, aquella magia, aquella paz, pero mis pies ya habían tocado tierra.

Querido desgaste

Querido desgaste:

Te he estrujado un poco más y te he mirado a la cara y en ti he encontrado cansancio y un destello de alegría.
Ha sido largo tu camino. Llegas cosidito de heridas, con los zapatos rotos y churretes por la cara. Quizás hayamos perdido inocencia en nuestro viaje o quizás hayamos perdido, en un simulado descuido, la magia romanticona que nos metieron por vena y nos impulsaba a perseguir insanas quimeras disfrazadas de amor que nada tienen que ver con este.

Te tengo delante.
Hueles a agotamiento y a esfuerzo, al polvo y al barro de la senda. Hueles a lluvia, a tormenta, a días de sol, a noches de encrucijada y a noches calientes y eternas. Pero también hueles a habitacion ventilada y vacía, con hueco suficiente para seguir construyendo.

Hemos descargado de la mochila cuanto ya no nos servía y hemos sido heridos de levedad por el arañazo que entraña desprenderse de aquello que adquirió nuestra propia forma y que nos acompañó y sirvió durante toda una vida.
Ahora es más visible nuestra piel.

Aún cuesta acostumbrarse a andar más liviano, pero yo CONFÍO. Confío porque de alguna manera, sé que este es mi camino.

Por eso estos ojos cansados también rezuman descanso.
Por eso ahora, desprendida del peso que me impedía seguir avanzando en mi propio encuentro, empiezo a descubrir mi capacidad de Amar al comprender el nuevo significado que a tan inmensa palabra otorgo.

Querido desgaste, traes contigo una carta. En ella, un mensaje: Tu relato del camino, de mi camino; y un destello.
Un destello que me ha atravesado la piel y ha empezado a buscar un nuevo lugar en mí para recolocar mis órganos, mi piel y mis ojos. Un destello que ha tornado lo que creía vacío, en aliento y en vida. Un destello de serenidad que me cuenta que entre tantos y tantos tropiezos, estamos creciendo.
Ahora sí puedo respirar, aunque sea en este preciso instante, el orgullo de contemplar que hemos sido capaces de pararnos, de separarnos del huracán, de observar, de observarnos y de sacar una lección de todo ello. Ahora sí puedo observarnos rescatando el amor de todo ello.

Y hay ganas, claro que hay ganas. Ganas de seguir aprendiendo y construyendo, de integrar lo aprendido y de desintegrar lo desaprendido.
Hay ganas -muchas ganas- de seguir caminando junto a ti.
Hay ganas -muchas ganas- de Amar entre este sabio y valiente desgaste y este precioso destello.

Crónicas de un despertar

De pequeña me solía ocurrir que mis sueños me plantaban cara a cara fielmente frente a mis mayores deseos.
Así, me dotaban de inmediato de una técnica infalible que me otorgaba la capacidad de volar cuando me encontraba en la parte del patio del colegio donde las mayores me solían timar con los cromos.
Yo llevaba toda mi colección, inocente, con la esperanza de que alguien me cambiase alguno por otro de los últimos que me faltaban. Se formaba un revuelo de chicas altas alrededor mía y cuando se desperdigaban, me devolvían solo la cuarta parte de mis cromos.
Entonces volvía a aquel lugar en sueños y concentrándome mucho y moviendo tácticamente los brazos, iba adquiriendo altura hasta poder sobrepasar los muros de aquel lugar de sabotaje a mi inocencia.

Aprovechaba el alto vuelo que había alcanzado y cuando la luz caía, sobrevolaba las calles de Madrid. Casi siempre hacía el mismo recorrido. Disfrutaba de las copas de los árboles bajo mis pies y me asomaba por las ventanas de quienes más quería para ver qué descansaban y desearles en silencio buenas noches.
Me encantaba esa sensación, sentirme embutida en la magia de un duendecillo que aparecía en los rincones que añoraba y se llenaba del calor que solo un hogar te da. Mi hogar era el amor de mi gente.

Hoy he vuelto a soñar de nuevo con algo que, me comenta mi sueño, también anhelo.
Era un mensaje. Un mensaje en un post-it amarillo dirigido a mí. Eran palabras desnudas que daban forma a un sentimiento, a una postura, a una simple y clara emoción.

Al despertar, mi mensaje había desaparecido junto a mis alas.

Un pétalo hasta el mismísimo pistilo

Porque existen los grises. Ya lo decía Momo.
Existen los días grises, los momentos grises, los actos grises.
Existe lo insípido, lo anodino, lo sin-vida.
Existe la opción de no coger este momento, no vivirlo, no negarlo, simplemente dejarlo pasar, como si no tuviera que ver con nosotros.
Existe el no implicarse, no volverse, no sumergirse hasta el fondo, hasta las entrañas de cada segundo.
Existe el vivir sin padecer, casi sin respirar.
Sí, todo eso existe. Existe el sobrevivir, el querer a medias, el estar a medias, el respirar a medias, el amar a medias, el mirar a medias, el ser a medias.
Existe el naufragar, el intento abandonado antes de sopesar su utilidad, antes de sopesar si queremos remar.
Existe el existir sin existir.

Existe la anestesia frente a una situación, la impasividad, la espera cansada, agotada. Existe el desgaste anterior a la ocasión de gastarlo, anterior a la ocasión de lucharlo.

Existen las cosas marchitas y las cosas marchitándose, el último pétalo cayendo de la flor, suspendido entre su tallo y la tierra.

El último pétalo que, mecido al antojo del aire y del tiempo, disfruta su camino incierto sabiendo que la tierra palpitante, fértil y húmeda le espera.

Ver

Punto transparente que destella paciente
Vacío inquieto, tímida duda
Ceguera fácil, hedonistas de cuna
Y detrás del conformismo, la amenaza de ver.
Preguntas perdidas ansiando una búsqueda
Caminos inventados, absurdos, acertados
Supuestos ilógicos,
Incoherente coherencia

En tu jardín

Mejor así.
Con el reflejo en la pared de la lámpara de papel que se tambalea a merced del viento en una noche triste de fuegos artificiales.
Qué ironía.
Celebración y tristeza, celebración y recuerdos de los momentos que de alguna manera viven.
La sombra que se proyectaba en la pared hace un segundo se ha esfumado abatida con el tiempo dejando paso a la que me acompaña ahora mismo.
Pienso en abrazarla por el mero hecho de abrazar pero la sospecho algo fría, algo rancia, algo vacía.
Su reflejo va barriendo mis entrañas para dejarlas amontonadas un año atrás, junto al mar, en la mejor compañía que ahora sé que existe.
Los fuegos, la playa, Ella.
Te quiero, madre, y ahora el mundo se me hace demasiado grande, demasiado falso, demasiado déspota, demasiado frío como para dejar reposar en él con calma este amor que me quema y por suerte me llena. Ahora siento que pierdo las armas para lidiar con todo aquello que no me importa, para batirme con el ruido que me agota.
Me faltan ganas para querer seguir buscándome en lo que debo ser y no soy, para encontrarme donde no estoy en mi mejor versión, siempre vista en estas letras bajo mi punto de gusto, ahora que estoy aprendiendo a hacerlo.
Me encuentro aquí. Sin hallarme bien en este mundo que se define nuevo ante mis ojos inexpertos en la sinceridad conmigo misma. Exhausta, esperanzada y asustada, echándote de menos, echando en falta tu abrazo.
Me gustaría bañarme en los fuegos que están a punto de comenzar. Dejarme absorber por su estallido y volar alto con ellos, que se los lleve el viento y caer justo en ti, en tu abrazo, en tu inmenso y generoso jardín para poder contemplar el resto de la función a tu vera.

El reloj de la estación

Había siempre un momento en el que el muro desaparecía por arte de magia. Y era siempre el mismo: el momento de ir alejándome de ella sabiendo que justo después estaría aún más lejos y no habría manera de acercarme de nuevo hasta pasado un tiempo.
Me dolía cada paso. Me dolía su abrazo aún, su mirada, su generosidad, su piel. Me dolía ella entera por no poder disfrutarla más tiempo. Y entonces me encontraba allí, en aquella sala abarrotada y completamente vacía, bajo aquel reloj gigantesco que el tiempo utilizaba para recordarme que de nuevo estaba allí, justiciero, frente a mí, convirtiendo ese instante en una especie de condena. Un nuevo y gastado aviso. Una colleja al alma para que despertara.
Y era entonces cuando todos mis interrogantes se resolvían como si nunca hubieran tenido hueco dentro de mí. Era entonces cuando mi conciencia se paseaba por el vacío que su lejanía dejaba en mi desarmado interior que aún permanecía templado.
Era entonces cuando pararía el mundo para acercarme a ella y decirle en el silencio más sincero todo lo que siempre acababa apareciendo bajo mis cimientos una vez la tormenta derrumbaba y barría los muros de mis propias sombras: mi amor por ella.
La madre de mi vida, la madre de los momentos donde su respiración y su pecho me envolvían en otra dimensión más verdadera.
El reloj marcaba en punto. Esa niña miraba la pantalla esperando a saber en qué tren con destino a no sabía dónde necesitaba subirse.
Preguntándose qué le traería el destino y de qué le alejaría. Teniendo claro que su mayor fortuna, fuera cual fuera la respuesta, era saber que visiblemente o en silencio, ella siempre estaría ahí. Siempre. Y la letra capital de esa palabra era al mismo tiempo la que más me dolía, más me enseñaba y más me regalaba.