¡Bú!

Como el pastor que al despertar ha perdido sus ovejas. Como la esquina donde según nacen las palabras, el viento las aleja. Como la noche silenciosa que desvela que Venus también gime y se recrea. Como el banco del parque que ya no volverá a ser rincón de nadie.

Así me siento hoy.

Como una ilusión atrapada en un bostezo.

Como el traje sin planchar de la estupidez.

Como un gorro sin cabeza.

Como las venas saturadas de inconsciencia.

Como el verbo sangrar teñido de azul.

Como un planeta zarandeado por su cielo.

Como la copa donde las nubes derraman historias que yo solita alimento.

¡maldita sea cuarenta y siete veces!

porque aunque las espinas se atisben a distancia no puedo evitar andar descalza

porque la esperanza de mi vértigo es acabar sumergida en un agua inventada

porque mis fantasmas se aburren entre saldos de armaduras

porque su tarita de fábrica es la necesidad de remangarse la sábana

porque su susto tiene más de chupito de ron con miel que de susto.

Maldita mi manera absurda de andar desnuda.

Maldito el portazo y maldita su corriente.

Malditas las ganas a medias.

Maldito el riesgo de convertirse en bicho bola ante tanto idiota.

Maldito el que no vea que la plaga abunda.

Maldito el muro que levantas entre tú y mi mundo.

Maldita mi renuncia a vivir de puntillas en este mundo de grises

bu

El vértigo y la nada

La lluvia brotaba vehemente mientras se nutría del polvo que le arrebata a sus enormes alas blancas.
Una angustia marchita le apretaba hasta asfixiar. Y la reconocía, claro que la reconocía. No se trataba de una visita nueva. Por eso quería salir corriendo a ninguna parte, gritar. Gritar para salir volando tras su propio alarido fusionándose con el aire para acabar abarcándolo todo convirtiéndose en nada.
Eso era lo que ansiaba: Ser nada. Ser el viento que se pasea sin aferrarse a ningún momento y a ningún lugar. Ansiaba ser, pero sobre todo ansiaba estar. Ansiaba entregarse al presente sin querer retenerlo. Sin miedo a que se marchase. Sin pena porque se hubiera marchado ya.

Abrí los ojos y mis pies aún no tocaban el suelo.
Un último rayo de luz hacía un intento fatigado por resquebrajar mi hielo antes de ocultarse. El viento golpeaba con fuerza los cristales mientras el frío que se colaba por la ranurita que separaba la puerta del suelo me penetraba hasta el alma intentando escapar después por mi garganta pero ahí se acumulaba para atravesarme de nuevo una vez más.
Pensaba que mis ojos se irían acostumbrando a la penumbra, al adiós de aquella luz. Que poco a poco iría descubriendo las formas que me rodeaban según se fuese desvaneciendo mi miedo y me dejase encontrar por la calma.
Pensaba que en algún rincón de la noche encontraría el extremo de aquella madeja en la que no se distinguían los sueños que son historias de las historias que son sueños. La desenvolvería poco a poco procurándola todo el cariño que cabía en mi vacío y luego me enredaría entre sus trenzas al abrigo de la propia hoguera que ardía en mis adentros. Sí. Con eso me bastaba. Con el calor que yo misma albergaba. Pero avanzaba la noche y no hallaba la manera de entregármelo. Ni siquiera lograba distinguir las formas ni lograba encontrar aquel maldito extremo.
Mi cuerpo era un campo de batalla dominado por una imaginación delirante donde imperaba el abatimiento de la lucha infausta que no termina de aceptar que a veces los sueños no son más que sueños.
Me sentía desorientada, aturdida, cansada.

Hoy también hubiera deseado vivir entre el cielo y el mar, mucho mas allá de la línea donde ambos se funden.
Hoy también hubiera salido volando de mi propio cuerpo para dejarme caer a un vacío infinito donde el vértigo muestra un nuevo concepto del tiempo.
Hoy también recordaba que un instante no existe si no dejamos de ser quien somos para convertirnos en él.

Encontré una manta y me acurruqué en un rinconcito haciéndome pequeña, buscando el recuerdo de algo tan sincero como lejano. Algo tan verdadero que sacudiese el viento despertando un huracán enardecido que me envolviese en el centro de su ánima y me arrastrase con él.


Cerré los ojos

y escuché su respiración.
Y sólo pude desaparecer en ella.
Y entonces volví a abarcarlo todo para acabar convirtiéndome en nada.

Casi a cuentagotas

Como si tuviera vida propia; nace de sus ojos y a ti se te acumula. Y tú lo sostienes, lo retienes con todo el esfuerzo que el deseo te procura para entregarlo después muy despacito, casi a cuentagotas. Como los besos que se pasean sin prisa por las curvas del tiempo con todas las ganas del mundo contenidas en los labios.

Como ese baile que retiene sin disimulo una pasión silenciosa q no grita, que no estalla, que se insinúa barriendo hasta la última duda, que con el mismo intento de contenerse, habla.

Y tú estás ahí, de frente. Recibiendo la intensidad a pequeños sorbitos. Esperando paciente las chispitas de un abrazo que, según se desate, se disolverá en el tiempo y te hará cenizas. Brotarán entonces de tu alma huracanes que busquen seducirla de nuevo y en el desierto, la fertilidad de un deseo que renace del encuento entre el dulce fuego y el viejo viento. 

Me pueden ofrecer el cielo

Con el tiempo he descubierto que mis suspiros no son sino la evidencia de lo que deseo, los impulsos que no contemplo, lo que no digo, lo que no hago. Que cuantos más motivos acumulo para no callar, más me sincero y que cuanto más lo hago, mayor es la sensación de callar. Que prefiero sanar las heridas a vestirme de hierro y que una de las ventajas de tirarme de cabeza es cicatrizar más rápido.

Que cuando no fluyo, o cuando dudo, sólo mirando de frente a mi miedo puedo dar un paso honesto. Que guardo en mí todos los eneatipos y que el conjunto de mis mil caretas forman mi piel verdadera. Que no soy más que consecuencia del azar; que vivo a merced de un capricho hormonal, a merced del sol y de los días sin luz, de la compañía y del calor que me dan, de lo que en cada situación apuesto y en la misma medida recojo.

Que de esta vida sólo me llevo los sueños, la lucha, el humor y las sonrisas, la transparencia y la inocencia, la sensibilidad y la empatía.

Que lo que digo de corazón en un momento, no sería capaz de pronunciarlo en otro, que ambos instantes son igual de sinceros y que es posible que el sentimiento no cambie y sólo cambie mi cuerpo.

Que las ganas de querer me invaden inesperadamente y de la misma manera se disipan si no son atendidas. Que si tengo una ilusión, ya me pueden ofrecer el cielo, que ni lo cambio ni lo quiero.

Que buscamos explicaciones donde no tienen cabida; que nuestro ego siempre intenta acomodarse en el centro sin entender que muchas veces las causas vuelan lejos al igual que volamos todos, lo aceptemos o no, a merced del viento.

Un portazo

Un portazo, tres vueltas de llave y la sensación de olvidarme de algo. Un portazo parecido al de cada mañana, parecido al que me despide cada vez que cierro la puerta rumbo a Madrid. Pero hoy suena distinto.

El hecho de ser el último del año me hace percibir de manera más evidente la noción del tiempo y quizás sea esa conciencia la responsable de que haya retumbado dentro de mí como retumbaría un estruendo breve, vasto y seco en un lugar cerrado y desierto.

Tengo la sensación de olvidarme de algo y de que ese algo no es sino la atención, dedicación o valentía que no he prestado a cosas importantes que la merecían y que ya quedan atrás. Momentos que quedaron relegados a un segundo plano por alguna banal razón y momentos que fueron sólo medio vividos por simple cobardía. Momentos que, junto a aquellos otros que fueron disfrutados con los mil sentidos, forman el conjunto de las historias que somos. 

Me estremece pensar cómo no retumbará ese último portazo que dé. ¿Cuántas historias me quedaré con ganas de haber vivido en el momento que ocurrían? Si algo he experimentado este año gracias al teatro es lo complicado y mágico que resulta al mismo tiempo estar presente en el presente.

Un suspiro y muchas ganas de sentirme viva. Ése es el postre que me regala este texto. Y pretendo saborearlo despacito. 

El espejo

Hace poco leía y escuchaba varias historias de mujeres que me sorprendieron realmente.

Una de ellas la contaba mi amiga (aunque ella ni siquiera sepa que existo) Rosa Montero en este genial artículo:

 http://elpais.com/elpais/2016/03/15/eps/1458066586_906285.html

Chus, un mujerón de primerísima, valiente, grande, inmensa, con una capacidad de lucha y superación sublime, capaz de soñar muy alto y de echarse a andar persiguiendo sus sueños hasta cotas donde rozaba el cielo con los dedos, fue la primera española que logró subir los 8848 m. del Everest sin oxígeno.

Estaban de compras. Una prenda, una misma persona, dos cuerpos. Ella y la mujer parida por su propio juicio se enfrentaban ante un espejo que hacía su función. Un espejo que exponía de manera nítida la imagen que tenía de sí misma. Un espejo que mostraba el producto neto que resultaba tras aplicar el filtro de la presión social que nos ahoga. Veía a alguien pequeño, desfavorecido, un cuerpo mejorable.

Las cotas de sus exigencias quedaban por encima de los 8848 metros, por encima de lo de lo humano, de lo real. Por encima del logro de sus sueños. En un lugar al que no resulta fácil acceder de manera consciente.

La otra historia hablaba de Marie Curie. Pionera en el campo de la radiactividad, fue la primera persona en recibir dos premios Nobel en distintas especialidades, Física y Química, y la primera mujer en ocupar el puesto de profesora en la Universidad de París.

Recibió balas y flores en el mismo costado. Mientras Einstein expresaba así su admiración hacia ella, “Me siento en la obligación de decirle lo mucho que admiro su intelecto, su propósito y su honestidad y que me considero afortunado de poder haberla conocido en persona en Bruselas”, Marie Curie escribía una carta a su padre contándole sus reconocimientos. “Me alegro mucho de tus premios hija, pero es una lástima que tu descubrimiento no sirva para nada”. Algo así debió recibir por respuesta y desde aquel instante, su carrera, su mente y su propia imagen fueron condenadas a una mediocridad brutal para el resto de su vida.

Sin la aceptación de alguien a quien amaba, su juicio quedaba cojo. ¿Qué otro mérito podría perseguir ahora para recomponer y sanar su autoconcepto?

Ahora su meta se situaba más allá del premio Nobel, más allá de los 8848 metros, vagando por el limbo de lo imposible, de lo irreal, de lo inhumano, de lo insano. Y debía de alcanzarla para rearmarse, para respirar, para permitir quererse de nuevo.

Es posible que cerca de la habilidad de cuestionar hallemos una victoria ante las inalcanzables y absurdas exigencias. Cuestionar para desnudarlas, para evitar hacerlas propias, para desprenderse de ellas. Cuestionar para respirar en paz sin la necesidad de ser perfecta ni pretender serlo.

Ademanes renunciados por pura pereza

​Voy en el tren y mi mente, en un ademán nostálgico, ha amagado con empezar a pasear por los caminos de su memoria romántica intentando filosofar un poco acerca de lo importantes que fueron algunas personas en mi vida y lo lejos que se encuentran hoy de mi recuerdo.

 Iba a intentar pintarlo bonito. A darle matices poéticos, 3 pinceladas de profundidad. Pero, siendo sincera, el primer pensamiento (salido del alma) que me ha venido a la cabeza ha sido un: «Hay que ver, lo que me la pela todo.»

Y hasta aquí, la transcripción de su exquisita prosa.