Bebiendo a sorbos tu risa

Tengo un te echo de menos atravesado en la garganta enredando en mi paciencia,
y es que tengo a un palmo tus manos, las mismas que a veces me sacan de este mundo
Tengo un abrazo tatuado en tu espalda esperando que cruces la puerta
y un te quiero viviendo en el pecho que cada vez que se escapa de mi boca se me cuela más adentro

Tengo la piel bebiendo a sorbos tu risa y las noches reservadas para redescubrirte en cada caricia
tengo mis ganas haciendo de tus rincones un callejón sin salida y la orquesta de tus brazos para saciarme de vida
Tengo tus noches, desnudas de todo menos de ti, habitando mi cama, paseando mis domingos, andando descalzas por mi cuarto y por mis planes de mañana
Tengo mis sueños caminando junto a ti y cada paso que llevo dado interpretando la verdad y la certeza de cada uno de mis besos

Anuncios

Stuart

Se llamaba Stuart y se alimentaba de cachitos de luna.
Allí tenía su casita, semejante a un queso gorgonzola ciberespacial donde en cada socavón se adivinaba el recuerdo de alguna merendola en buena compañía.
Los días de sol llenaba cada uno de los surcos de un color distinto y se pasaba las horas dibujando como imaginaba él que sería el mundo.
Su color preferido era el azul. No sabía por qué, pero sus bigotillos le hablaban de un gran globo flotando en la nada y pintado en su mayoría de azul.

Los días de tormenta de estrellas, Stuart movía los bigotillos y aprovechando la energía galáctica que iluminaba el cielo sin necesidad de velitas, sintonizaba con Marte.
Allí tenía a Dorotei, la más chica de sus crías, que estudiaba para flor y estaba ya en 5º de carrera. La pequeña Risica vivía un poquito más allá, en el 8ª anillo de Saturno. Ella aprovechaba la inercia y se pegaba todo el año viajando de gratis orbitando su propio planeta. Se creía muy lista por aprovechar la ocasión y presumía de tener una ventanita de 360º con vistas al universo pero Stuart de vez en cuando la pregonaba algo así como “verás tú como te marees… tanta vuelta ni tanta vuelta, que se te va a repetir hasta el primer babibel. Que te quede claro que yo no pienso ir hasta allí a por ti si luego te desorientas y no sabes volver a casa”. Pero, tanto en la superficie como en el fondo, no podía estar más orgulloso de su pequeña. Risica estudiaba para cocinera de nubes con sabor a melón y había prometido encargarse del postre en la próxima merendola.

Cuando llegaba la noche, Stuart cogía su caña y le colgaba un dátil, se acercaba a la naricilla de la luna y deslizándose por ella, se sentaba allí, al bordecito, mientras tarareaba el cántico silencioso del universo y se ponía a pescar futuros recuerdos de su preciosa ratoncita terrestre.

Sin timón

Esta noche que sopla un viento leve empiezo a comprender que no existen certezas, que no existe timón.

Me sorprendo desenterrando mis miedos, poniéndoles el ancla y echándolos al fondo del mar. Atándolos al origen, a mi punto de partida, para tenerlos localizados y ser yo quien los encuentre cuando me pregunte qué camino recorrí, qué batallas vencí.

Espérame, por favor, que esta noche sopla un viento leve y pretendo navegar, y quiero hacerlo sin pensar si habrá puerto ni tierra cuando me atrape la mar.

Borradores inconscientes

Vivir no es fácil, con los ojos abiertos…

Dejar reposar, que atraviesen las preguntas, permitir respuestas. Atravesar el miedo.
Más allá de los deseos, más allá de la capacidad de gestionar todo aquello que descubro.
No es fácil. No es fácil porque no lo es la vulnerabilidad, no lo es el vértigo, no lo es el vacío, no lo es la verdad.

Hacía frío. Las calles susurraban a los árboles y los gatos parecían hipnotizados ante la quietud y la vida silenciosa que palpitaba en las calles desiertas.
Los copos cubrían la ciudad conformando un paisaje patagónico, onírico, mágico. El corazón me latía con fuerza, y algo dentro de mí ardía mientras me dejaba ensordecer por el lenguaje barroco y la cadencia con la que se expresaba cada una de las vivas piezas de aquel escenario. Perdida en los minúsculos copos que vestían el aire, me entregaba a su disfrute olvidada completamente de la certeza de que acabarían cayendo.
Aceptar. Aceptar para no intranquilizarse por ello, para respirarlo, para no sufrirlo, para no lucharlo. Aceptar la secuencia: se gestan, nacen, se suspenden, reposan, se transforman y desaparecen, al menos en la forma original en que los hemos conocido,
en que nos han calado, en que nos han hecho viajar lejos, muy lejos, por fuera y por dentro de nosotros mismos.

Una habitación vacía.
Seguramente sea por la tarde, cuando el sol entre a media luz. Es ese halo, ese suspiro, esa intuición la que habla de ti. La que desnuda tu piel y te atraviesa sin sutileza el alma en busca de las respuestas que arden y queman al tratar de sostenerlas.
No niegues, especialmente entonces, la materia de la que estamos hechos.
Nadie dijo que fuera fácil desnudar los interrogantes, desvestirlos, montarles una fiesta y bailar extasiadamente con ellos aceptando la locura y lo onírico como parte de nuestra propia naturaleza. O quizás la única. Más que la cordura aprendida. Más que la interpretación coherente que buscamos con ansia para no caer en la espiral de vértigo que desemboca allá donde los miedos y los sueños comulgan con el silencio de la duda.

Una barca a la deriva debatida entre lo que eres y ya no eres. Una barca arrastrada por un continuo devenir a la que intentamos anclar en contra del sentido del fluir.
No. No creo que seamos el timón. Creo que somos el viento. La naturaleza que lo empuja, que lo crea, lo levanta, lo estremece y lo calma.

Ser. Nadie dijo que fuera fácil, con los ojos abiertos.

¿A qué huelen los jueves?

Mis jueves huelen a duda, a salto al vacío, a vértigo, a descontrol, a carcajadas, a silencio, a escucha, a piel.

Huelen a juego, a seguridad y a generosidad, a búsqueda y a descubrimiento, a encuentros y reencuentros, a creación, a superación, a barreras rotas, caretas autodespojadas y miedos descosidos, a locuras que alimentan y a locuras alimentadas, a pincho de tortilla y a Ribera, a magia, a suelo, a humildad. A libertad autoconcedida.

Huelen a incertidumbre sostenida, a aprendizaje, a suspiro, a VERDAD

A guiones rotos y a vida.

Y cuando llego a casa, mis jueves huelen a mar.

¿A qué huelen los tuyos?

A mi manera

Debe de haber una línea muy fina y discontinua entre la cordura y la locura. Una línea donde, como en las Bermudas, la densidad se revierte en un instante dotando a cada parte del sentido justo opuesto.
Locura y cordura… dos constructos rozándose la mano en, al menos, aquellos que haciendo mute a su sencillo modus operandi, prefieren desmigar la realidad y leer entre líneas para no perderse luz ni color emanando a silenciosos raudales de cada rincón.

Una respuesta con regusto a interrogante. Un batiburrillo de todo y de nada.
Una conclusión inconclusa, un segundero sin más certezas que la de ser y no ser la duodécima parte de cualquier circunferencia.
Un continuo devaneo, un te siento y no lo siento, un diluvio de algodón, una estación sin vías, un abrazo a mi reloj.
Tres vueltas al cuello con el abrigo de tu risa y cuando abro descalza la ventana, a mis pasos les brotan alas y se aflojan las tuercas de un cariño a duermevela.

Dime si no es de locos. Dime si no hay nada más cuerdo.
Si no lo es quererte sin ansiarte ni soñarte. Si no lo es quererte libre, quererte ausente, quererte cerca, quererte sobre puntos suspensivos recogiendo aliento entre mis piernas. Si no lo es disfrutar de tu presencia subrayada entre mis hojas, de tu conciencia sanamente intermitente, de tu hasta luego sin quejas. Si no lo es enhebrar tus charlas en mi permanente abrazo y la paz de tu juicio en mis zapatos planos. Si no lo es buscar y no buscar dónde descansa mi postura dispar.

Viejo amigo, quién sabe qué hay detrás de las respuestas mudas a mi retahíla de preguntas. Detrás de las nubes que pasan sin levantar sospecha, sin remover mi suspiro ni mi paz, sin barrer mi silencio.
Quién sabe dónde nace la dulce sombra que atenúa y refugia este leve temblor disimulado. Si aquel refugio no rebosa vida en las pestañas y viento sereno y fresco en la mirada.
Quién sabe qué hay detrás de hacerlo a mi manera.

Ay tarara loca

Mercadillos de caretas, perfiles a peseta.

Tenemos de todos los gustos. Para todas las ocasiones.

¿Qué lado quieres que te muestre?

Tenemos este modelo, y éste, y éste otro.

Mira qué mono te queda.

Me dijeron que la piel verdadera está detrás de ese dolor al que no llego. Al que no quiero llegar.

Le miro de reojo y procuro olvidarlo, respirarlo, convertirlo en las frágiles partes de un diente de león que con un soplido se ven devoradas por el aire.

¿Se sentirían libres o destruídas si tuviesen conciencia?
El aire. El mapa de mi cobijo. 

…¿donde quedó la tierra?

Sorber el presente gota a gota, degustar la incertidumbre, perderme en la emoción. Tal vez sea esa mi falsa liberación, mi manera de escapar del amor que me debo a mí misma mientras equilibro la balanza con el regalo que encuentro en cada momento.

Me hablan del enfado como cimiento insalvable, como una capa inherente a la piel que hay que desnudar para rozar la verdad. Me confesaron que cada bocado sabría a más.

Pero es que hay diálogos que duelen y a mí me cuesta horrores cabrearme con un pasado que mantiene una deuda conmigo. Me cuesta el enfado. Me cuesta no amar. Me duele. Me ahoga. 

Y ahora acepto que quizás sea necesario volver a atravesar las caricias perdidas que llevo dentro para darle un respiro a mi paz, para dejar de ahogarla en el silencio de un reproche abandonado.
He decidido que quiero descubrir de qué coño trata esto. De qué coño trata la vida. La incertidumbre. El instante. El vértigo. Que quiero descubrir cómo son los sentimientos cuando nacen del corazón y no de la mente. No del miedo. No del recuerdo. No de la necesidad. Quiero saber de qué coño va el amor, empezando por el mío propio.

¡Bú!

Como el pastor que al despertar ha perdido sus ovejas. Como la esquina donde según nacen las palabras, el viento las aleja. Como la noche silenciosa que desvela que Venus también gime y se recrea. Como el banco del parque que ya no volverá a ser rincón de nadie.

Así me siento hoy.

Como una ilusión atrapada en un bostezo.

Como el traje sin planchar de la estupidez.

Como un gorro sin cabeza.

Como las venas saturadas de inconsciencia.

Como el verbo sangrar teñido de azul.

Como un planeta zarandeado por su cielo.

Como la copa donde las nubes derraman historias que yo solita alimento.

¡maldita sea cuarenta y siete veces!

porque aunque las espinas se atisben a distancia no puedo evitar andar descalza

porque la esperanza de mi vértigo es acabar sumergida en un agua inventada

porque mis fantasmas se aburren entre saldos de armaduras

porque su tarita de fábrica es la necesidad de remangarse la sábana

porque su susto tiene más de chupito de ron con miel que de susto.

Maldita mi manera absurda de andar desnuda.

Maldito el portazo y maldita su corriente.

Malditas las ganas a medias.

Maldito el riesgo de convertirse en bicho bola ante tanto idiota.

Maldito el que no vea que la plaga abunda.

Maldito el muro que levantas entre tú y mi mundo.

Maldita mi renuncia a vivir de puntillas en este mundo de grises

bu