Seguro que lo sabemos hacer mejor

Que el veto se haya levantado no quiere decir que todo haya pasado, que la realidad sea otra, que lo hayamos hecho muy bien ni que sea hora de quemar las ganas que teníamos de calle.

El virus sigue circulando, la gente se sigue contagiando, sigue habiendo personas que marchan sin despedida (¿os habéis parado a imaginar de verdad?) y seguirá por siempre habiendo más de 23 mil que se han marchado ya.

Cuando veo las imágenes de gente casi apelotonada, no me viene a la cabeza más que una cosa: la verdadera pena que damos. Cuánta empatía nos falta para poder llegar a ser los humanos a los que el término “humanidad” se refiere.
Parece que ya no nos queda mucho de eso.

No es hora de quemar la calle con salidas disfrutonas. No es hora del olvido. Nunca lo será pero mucho menos ahora, que la situación sigue siendo GRAVE.
Nunca habrá borrón y cuenta nueva tras el encierro por mucho que os empeñeis en celebrar ahora con abrazos absurdos. No hay nada que celebrar.
La realidad sigue siendo la misma con la única diferencia de que, por suerte, la sanidad empieza a estar menos colapsada.

Por favor, hagámoslo bien, no seamos imbéciles.
Seamos responsables: aún podemos contagiarnos, aún podemos contagiar y aún puede morir gente por nuestra irresponsabilidad.

No es momento para el egoísmo, para la ceguera ni para el olvido.
Es momento de seguir cuidándonos a pesar de que no nos obliguen forzosamente a ello.
Es momento de que sea una elección y no una imposición. ¿De verdad si lo dejan en nuestra mano, no elegimos proteger y cuidar al que tenemos al lado? ¿No nos gustaría que quien pasease cerca de los nuestros cuidase de no enfermarlos?
Depende de otros seres que cuando esto pase (cuando pase de verdad), podamos ir y abrazarles.
Depende de nosotros que los demás también puedan abrazar a los suyos.

Nos han dado un voto de confianza que a la vista de las primeras imágenes, no merecemos.

Vayámonos por favor a la esquina de meditar. Seguro que lo sabemos hacer mejor.

 

Pequeña valiente

La he buscado muchas veces fuera cuando la tenía dentro, reposando en mis rincones cohibidos, deseosa de que le diera la orden para empezar a trepar por mis entrañas y escurrirse por mis dedos, de dentro hacia afuera, atravesando la piel, convirtiéndose en palabras. Y yo empezando a pensar que esa manera de sentir con el alma descubierta, que esa magia que me da cuerda, se había marchado sin dejar rastro, tan siquiera una nota o un mapa que me ayudase a encontrarla de nuevo. Y resulta que estaba ahí, paciente, serena, simplemente esperando a que acallase las críticas que me hacían perder la fe y el amor en mí y volviese a mirar hacia dentro. No tuve que hacer más. Escuchar el leve susurro de su letargo, atreverme a mirarla, mirarme, encontrarla, encontrarme, expresarla.
Vuelvo a recuperar la palabra. Vuelvo a recuperar la vida que corre por mis venas.

Gracias, pequeña valiente que vives en mí por esperarme todo este tiempo, por no abandonarme, por hacerme ver, ahora sí, que eres parte de mí.

Él

Es de esos a los que les gusta poner tu nombre delante del suyo. De los que esperan en la estación de tren hasta que te pierden de vista. De los que enseñan al mundo sin armaduras lo que hay debajo de su piel.
De los que te miran a los ojos y te desnudan lo que ya creías desnudo. De los que lo hacen con tal delicadeza que esquivan el vértigo que no nace cuando sientes que te lee hasta la última de tus comas. No nace porque son los brazos a los que me confío cayendo de espaldas con los ojos cerrados sin dudar.

Es a quien elijo para caminar hasta el fin de mi mundo. A quien elegiría si tuviera que pasar una eternidad esperando en el limbo a un juicio divino. A quien me quedaría una vida entera estudiando las arrugas que le nacen. Con quien celebro cada mañana y cada luna, la luz y la lluvia, la locura y la calma.

Es la mano que siempre agarraría para ir a ningún sitio y a cada sitio. Quien me acompaña a caminar y se para a esperar. Quien me invita a creer y cree conmigo.

De quien podría estar la vida entera aprendiendo. Con quién podría hacerlo sin dejar de amar y amarme y amarle a cada instante.

Gracias por cada segundo que tatúo y llevo enmarcado en el alma.

Por ser camino, Gracias.

Si me hubiesen dicho que el amor puede más que cualquier dolor, no lo hubiera creído.
Que vulnera cualquier distancia y silencia todo ruido,
que alimenta hasta la parte del alma que ni siquiera estaba hambrienta porque no sabía que existía.
No. No lo hubiera creído ni hubiera creído tampoco que se pudiese ser salvavidas en un mar bravío,
en una mañana incierta, en un mundo loco.
No hubiera creído que un simple abrazo parase el mundo y levantase en la nada un cobertizo seguro donde no hay vacío,
ni prisa, ni frío. Donde no hay mañana sino tiempo detenido inundado de calma.
No hubiera creído que un cuerpo pudiera ser el oasis que su alma brinda
ni que los segundos pudieran precipitarse sobre mi vida cargados de certezas.
No hubiera creído nada de esto si no hubieses aparecido algún día en mi vida.

Gracias por ser mi salvavidas, mi oasis, mi refugio. Gracias por ser camino.

Raíces

Ayer. Hoy. Mañana.
No te vi. No te veo. No te veré.
Sin embargo mi vida está impregnada de ti. Está abierta en canal. Tiene rajadas las venas y, con gritos sordos de placer, está supurando tu nombre por cada esquina de este cuerpecito mío que le sirve de mapa a la sangre que fluye como la vida misma.

Ayer. Hoy. Mañana.
No te vi. No te veo. No te veré.
Sin embargo te siento a cada hora, a cada paso, a cada latido.
Sin embargo todo, cada segundo, me sabe a ti.
La luz me trae tu imagen.
Las hojas sacudidas de los árboles, la sensación de libertad que habito desde que has aparecido en mi vida.
La calma, instada urgente por el invierno, la sensación de echar raíces en ti.
Y en esa calma despliego sin miedo estas alas que se lanzan al alto vuelo sabiendo que en la tierra me sostienen tus ramas cuando necesito reposo, cuando necesito volver a casa.
Porque eso eres. Eres casa. Eres calor. Eres vida. Eres huracán que arrasa con toda impasividad, con toda desgana, con toda apatía.
Eres el ciclón que remueve mi naturaleza, mi tierra, haciendo germinar la semilla que dormía latente en lo más profundo de mis caderas. Y en cada inintencionado gesto sacudes mi pecho con tu punzante dulzura hasta que lo empapas y estremeces y haces que riegue esa semilla. Riego de amor, riego de pasión, riego de luz, riego de ti.
Ayer. Hoy. Mañana. Siempre.

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Páginas translúcidas

Hay gente que, como la hoja que se desprende de su árbol, queda desnuda sin disimular su verdad a la vista de todo aquel que camina captando la belleza de lo invisible.

Gente que está abierta a que la lean del tirón. Como el libro que abres y tras las primeras palabras no te deja más opción que devorarlo hasta su última página. Páginas que te hechizan hasta toparte con el punto y final que te cuenta que ya no volverás a ser el mismo. Gente que no siente vértigo cuando se detienen entre sus líneas, en su trama, en sus comas y hasta en esos suspensivos que dejan a la luz sospechas mudas. Gente que habita el silencio como nadie inundando el vacío de amor.

Esa es la diferencia abismal. Y solo esas páginas translúcidas y sensibles son las que están dispuestas a recoger las mejores de las historias. Historias que reflejan la vida misma porque no son sino un canal donde ella sucede en todos sus matices y colores.
Solo en esas páginas genuinas que se extienden de par en par sin disimular ninguno de los tachones de su historia, es donde yo estoy dispuesta a escribir la mía.

Tormenta

Lluvia. Tormenta. Ventisca.

Levanto la mirada… Desaparecieron ya las gemínidas que habitaban el cielo.
Un aire repentino revuelve las hojas que yacían dormidas. Maestras de la entrega. Entrega absoluta a la noche de invierno que las barre dejando lugar a una nueva vida.
Tierra. La misma tierra que reposaba hace un instante bajo mis pies, se enreda furiosa en mi pelo sin preaviso y me pinta la cara de un gris ceniza. Viejas magulladuras me saludan de nuevo.

Una puerta. Una puerta en mitad de la nada. Un punto que siempre me acompaña. Apenas levanto el dedo. Respiro. Le acaricio suave. La puerta se abre. Dentro: la paz, la calma, el abrazo. El tiempo.

Ardo

Quisiera escribir una verdad tan tangible como el sentimiento que me provoca. Un sentimiento que debe palparse allá por la estratosfera, donde estoy convencida deben recibirse señales directas de cada célula ardiente que conforma mi piel.

Sí. Ardo.
Ardo porque estos últimos trazos de mi camino tienen más de cóctel molotov que de sosegado sendero. Ardo porque el menú degustación servido a cada paso me ha desvelado de qué va esto de vivir.

He abrazo el miedo y he dejado a la tempestad susurrarme al oído. He buceado en mis infiernos y he abierto la ventana de par en par ante un torrente que azotaba la paz de mis piezas hasta ahora encajadas.

He reemplazado temores por la confianza nacida al intuir que era justo ahí, empapada y desnuda, donde debía permanecer en pie. Así que he clavado con firmeza mis pies a la tierra y he confiado. Y el aire me ha sostenido.

Me he definido en el regusto que con el tiempo ha dejado en mí cada bocado y he hablado con la luna cuando el cuerpo y las noches me temblaban.
He intentado pintar estelas blancas en el agua gris y he caminado a ciegas de la mano de una sabiduría ancestral que late en mi vientre y que impide que mis raíces se dejen seducir cuando la base es estéril.

Me he quedado inerte ante un portazo, como un póster colgado en una habitación cerrada que ya nadie mira desde hace años, que ya nada tiene que despertar, nada que decir ni recibir de las viejas miradas.

He llorado de amor, me he revuelto de felicidad y he permitido que mi mundo entero se retuerza de placer.

He renacido más fuerte en cada herida y he sido testigo de caricias capaces de tambalear el mundo inundando de luz los lugares más oscuros.

He sido todo y he sido nada y justo ahí, en esa contradicción, me he encontrado a mí misma más que nunca.

 

Barriguillas alumbradas

Estaba sentada en el muelle con la mirada y el sentido perdidos en el mar. Todo cuanto escuchaba era su susurro. Ni si quiera mi cabeza se permitía hablar. Estaba mecida, abrazada, caliente…y cada átomo de mi cuerpo estaba entregado a ello.

La tarde caía y un avión cruzaba discreto el silencio. Desde ahí abajo, se asemejaba a un animalillo inocente, tan inocente que llevaba su barriguilla alumbrada dejando al descubierto su parte más sensible. En mi imaginación, yo le hacía cosquillas en la barriga en un acto de simpatía y complicidad.

Mi amiga me habló y en contra de mi voluntad tuve que volver al mundo para seguir atendiendo a la charla.

Levanté la mirada buscando de nuevo al avión en el intento de recuperar aquel juego, aquella magia, aquella paz, pero mis pies ya habían tocado tierra.

Querido desgaste

Querido desgaste:

Te he estrujado un poco más y te he mirado a la cara y en ti he encontrado cansancio y un destello de alegría.
Ha sido largo tu camino. Llegas cosidito de heridas, con los zapatos rotos y churretes por la cara. Quizás hayamos perdido inocencia en nuestro viaje o quizás hayamos perdido, en un simulado descuido, la magia romanticona que nos metieron por vena y nos impulsaba a perseguir insanas quimeras disfrazadas de amor que nada tienen que ver con este.

Te tengo delante.
Hueles a agotamiento y a esfuerzo, al polvo y al barro de la senda. Hueles a lluvia, a tormenta, a días de sol, a noches de encrucijada y a noches calientes y eternas. Pero también hueles a habitacion ventilada y vacía, con hueco suficiente para seguir construyendo.

Hemos descargado de la mochila cuanto ya no nos servía y hemos sido heridos de levedad por el arañazo que entraña desprenderse de aquello que adquirió nuestra propia forma y que nos acompañó y sirvió durante toda una vida.
Ahora es más visible nuestra piel.

Aún cuesta acostumbrarse a andar más liviano, pero yo CONFÍO. Confío porque de alguna manera, sé que este es mi camino.

Por eso estos ojos cansados también rezuman descanso.
Por eso ahora, desprendida del peso que me impedía seguir avanzando en mi propio encuentro, empiezo a descubrir mi capacidad de Amar al comprender el nuevo significado que a tan inmensa palabra otorgo.

Querido desgaste, traes contigo una carta. En ella, un mensaje: Tu relato del camino, de mi camino; y un destello.
Un destello que me ha atravesado la piel y ha empezado a buscar un nuevo lugar en mí para recolocar mis órganos, mi piel y mis ojos. Un destello que ha tornado lo que creía vacío, en aliento y en vida. Un destello de serenidad que me cuenta que entre tantos y tantos tropiezos, sigo creciendo.
Ahora sí puedo respirar, aunque sea en este preciso instante, el orgullo de contemplar que he sido capaz de parar, de separarme del huracán, de sacar una lección de todo ello. Ahora sí puedo observarme bajando al desván y rescatando mi amor propio de todo ello.

Y hay ganas, claro que hay ganas. Ganas de seguir aprendiendo y construyendo, de integrar lo aprendido y de desintegrar lo desaprendido.
Hay ganas de seguir caminando.
Hay ganas -muchas ganas- de Amar entre este sabio y valiente desgaste y este precioso destello.