Raíces

Ayer. Hoy. Mañana.
No te vi. No te veo. No te veré.
Sin embargo mi vida está impregnada de ti. Está abierta en canal. Tiene rajadas las venas y, con gritos sordos de placer, está supurando tu nombre por cada esquina de este cuerpecito mío que le sirve de mapa a la sangre que fluye como la vida misma.

Ayer. Hoy. Mañana.
No te vi. No te veo. No te veré.
Sin embargo te siento a cada hora, a cada paso, a cada latido.
Sin embargo todo, cada segundo, me sabe a ti.
La luz me trae tu imagen.
Las hojas sacudidas de los árboles, la sensación de libertad que habito desde que has aparecido en mi vida.
La calma, instada urgente por el invierno, la sensación de echar raíces en ti.
Y en esa calma despliego sin miedo estas alas que se lanzan al alto vuelo sabiendo que en la tierra me sostienen tus ramas cuando necesito reposo, cuando necesito volver a casa.
Porque eso eres. Eres casa. Eres calor. Eres vida. Eres huracán que arrasa con toda impasividad, con toda desgana, con toda apatía.
Eres el ciclón que remueve mi naturaleza, mi tierra, haciendo germinar la semilla que dormía latente en lo más profundo de mis caderas. Y en cada inintencionado gesto sacudes mi pecho con tu punzante dulzura hasta que lo empapas y estremeces y haces que riegue esa semilla. Riego de amor, riego de pasión, riego de luz, riego de ti.
Ayer. Hoy. Mañana. Siempre.

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Páginas translúcidas

Hay gente que, como la hoja que se desprende de su árbol, queda desnuda sin disimular su verdad a la vista de todo aquel que camina captando la belleza de lo invisible.

Gente que está abierta a que la lean del tirón. Como el libro que abres y tras las primeras palabras no te deja más opción que devorarlo hasta su última página. Páginas que te hechizan hasta toparte con el punto y final que te cuenta que ya no volverás a ser el mismo. Gente que no siente vértigo cuando se detienen entre sus líneas, en su trama, en sus comas y hasta en esos suspensivos que dejan a la luz sospechas mudas. Gente que habita el silencio como nadie inundando el vacío de amor.

Esa es la diferencia abismal. Y solo esas páginas translúcidas y sensibles son las que están dispuestas a recoger las mejores de las historias. Historias que reflejan la vida misma porque no son sino un canal donde ella sucede en todos sus matices y colores.
Solo en esas páginas genuinas que se extienden de par en par sin disimular ninguno de los tachones de su historia, es donde yo estoy dispuesta a escribir la mía.

Tormenta

Lluvia. Tormenta. Ventisca.

Levanto la mirada… Desaparecieron ya las gemínidas que habitaban el cielo.
Un aire repentino revuelve las hojas que yacían dormidas. Maestras de la entrega. Entrega absoluta a la noche de invierno que las barre dejando lugar a una nueva vida.
Tierra. La misma tierra que reposaba hace un instante bajo mis pies, se enreda furiosa en mi pelo sin preaviso y me pinta la cara de un gris ceniza. Viejas magulladuras me saludan de nuevo.

Una puerta. Una puerta en mitad de la nada. Un punto que siempre me acompaña. Apenas levanto el dedo. Respiro. Le acaricio suave. La puerta se abre. Dentro: la paz, la calma, el abrazo. El tiempo.

Ardo

Quisiera escribir una verdad tan tangible como el sentimiento que me provoca. Un sentimiento que debe palparse allá por la estratosfera, donde estoy convencida deben recibirse señales directas de cada célula ardiente que conforma mi piel.

Sí. Ardo.
Ardo porque estos últimos trazos de mi camino tienen más de cóctel molotov que de sosegado sendero. Ardo porque el menú degustación servido a cada paso me ha desvelado de qué va esto de vivir.

He abrazo el miedo y he dejado a la tempestad susurrarme al oído. He buceado en mis infiernos y he abierto la ventana de par en par ante un torrente que azotaba la paz de mis piezas hasta ahora encajadas.

He reemplazado temores por la confianza nacida al intuir que era justo ahí, empapada y desnuda, donde debía permanecer en pie. Así que he clavado con firmeza mis pies a la tierra y he confiado. Y el aire me ha sostenido.

Me he definido en el regusto que con el tiempo ha dejado en mí cada bocado y he hablado con la luna cuando el cuerpo y las noches me temblaban.
He intentado pintar estelas blancas en el agua gris y he caminado a ciegas de la mano de una sabiduría ancestral que late en mi vientre y que impide que mis raíces se dejen seducir cuando la base es estéril.

Me he quedado inerte ante un portazo, como un póster colgado en una habitación cerrada que ya nadie mira desde hace años, que ya nada tiene que despertar, nada que decir ni recibir de las viejas miradas.

He llorado de amor, me he revuelto de felicidad y he permitido que mi mundo entero se retuerza de placer.

He renacido más fuerte en cada herida y he sido testigo de caricias capaces de tambalear el mundo inundando de luz los lugares más oscuros.

He sido todo y he sido nada y justo ahí, en esa contradicción, me he encontrado a mí misma más que nunca.

 

Barriguillas alumbradas

Estaba sentada en el muelle con la mirada y el sentido perdidos en el mar. Todo cuanto escuchaba era su susurro. Ni si quiera mi cabeza se permitía hablar. Estaba mecida, abrazada, caliente…y cada átomo de mi cuerpo estaba entregado a ello.

La tarde caía y un avión cruzaba discreto el silencio. Desde ahí abajo, se asemejaba a un animalillo inocente, tan inocente que llevaba su barriguilla alumbrada dejando al descubierto su parte más sensible. En mi imaginación, yo le hacía cosquillas en la barriga en un acto de simpatía y complicidad.

Mi amiga me habló y en contra de mi voluntad tuve que volver al mundo para seguir atendiendo a la charla.

Levanté la mirada buscando de nuevo al avión en el intento de recuperar aquel juego, aquella magia, aquella paz, pero mis pies ya habían tocado tierra.

Querido desgaste

Querido desgaste:

Te he estrujado un poco más y te he mirado a la cara y en ti he encontrado cansancio y un destello de alegría.
Ha sido largo tu camino. Llegas cosidito de heridas, con los zapatos rotos y churretes por la cara. Quizás hayamos perdido inocencia en nuestro viaje o quizás hayamos perdido, en un simulado descuido, la magia romanticona que nos metieron por vena y nos impulsaba a perseguir insanas quimeras disfrazadas de amor que nada tienen que ver con este.

Te tengo delante.
Hueles a agotamiento y a esfuerzo, al polvo y al barro de la senda. Hueles a lluvia, a tormenta, a días de sol, a noches de encrucijada y a noches calientes y eternas. Pero también hueles a habitacion ventilada y vacía, con hueco suficiente para seguir construyendo.

Hemos descargado de la mochila cuanto ya no nos servía y hemos sido heridos de levedad por el arañazo que entraña desprenderse de aquello que adquirió nuestra propia forma y que nos acompañó y sirvió durante toda una vida.
Ahora es más visible nuestra piel.

Aún cuesta acostumbrarse a andar más liviano, pero yo CONFÍO. Confío porque de alguna manera, sé que este es mi camino.

Por eso estos ojos cansados también rezuman descanso.
Por eso ahora, desprendida del peso que me impedía seguir avanzando en mi propio encuentro, empiezo a descubrir mi capacidad de Amar al comprender el nuevo significado que a tan inmensa palabra otorgo.

Querido desgaste, traes contigo una carta. En ella, un mensaje: Tu relato del camino, de mi camino; y un destello.
Un destello que me ha atravesado la piel y ha empezado a buscar un nuevo lugar en mí para recolocar mis órganos, mi piel y mis ojos. Un destello que ha tornado lo que creía vacío, en aliento y en vida. Un destello de serenidad que me cuenta que entre tantos y tantos tropiezos, sigo creciendo.
Ahora sí puedo respirar, aunque sea en este preciso instante, el orgullo de contemplar que he sido capaz de parar, de separarme del huracán, de sacar una lección de todo ello. Ahora sí puedo observarme bajando al desván y rescatando mi amor propio de todo ello.

Y hay ganas, claro que hay ganas. Ganas de seguir aprendiendo y construyendo, de integrar lo aprendido y de desintegrar lo desaprendido.
Hay ganas de seguir caminando.
Hay ganas -muchas ganas- de Amar entre este sabio y valiente desgaste y este precioso destello.

Crónicas de un despertar

De pequeña me solía ocurrir que mis sueños me plantaban cara a cara fielmente frente a mis mayores deseos.
Así, me dotaban de inmediato de una técnica infalible que me otorgaba la capacidad de volar cuando me encontraba en la parte del patio del colegio donde las mayores me solían timar con los cromos.
Yo llevaba toda mi colección, inocente, con la esperanza de que alguien me cambiase alguno por otro de los últimos que me faltaban. Se formaba un revuelo de chicas altas alrededor mía y cuando se desperdigaban, me devolvían solo la cuarta parte de mis cromos.
Entonces volvía a aquel lugar en sueños y concentrándome mucho y moviendo tácticamente los brazos, iba adquiriendo altura hasta poder sobrepasar los muros de aquel lugar de sabotaje a mi inocencia.

Aprovechaba el alto vuelo que había alcanzado y cuando la luz caía, sobrevolaba las calles de Madrid. Casi siempre hacía el mismo recorrido. Disfrutaba de las copas de los árboles bajo mis pies y me asomaba por las ventanas de quienes más quería para ver qué descansaban y desearles en silencio buenas noches.
Me encantaba esa sensación, sentirme embutida en la magia de un duendecillo que aparecía en los rincones que añoraba y se llenaba del calor que solo un hogar te da. Mi hogar era el amor de mi gente.

Hoy he vuelto a soñar de nuevo con algo que, me comenta mi sueño, también anhelo.
Era un mensaje. Un mensaje en un post-it amarillo dirigido a mí. Eran palabras desnudas que daban forma a un sentimiento, a una postura, a una simple y clara emoción.

Al despertar, mi mensaje había desaparecido junto a mis alas.

Un pétalo hasta el mismísimo pistilo

Porque existen los grises. Ya lo decía Momo.
Existen los días grises, los momentos grises, los actos grises.
Existe lo insípido, lo anodino, lo sin-vida.
Existe la opción de no coger este momento, no vivirlo, no negarlo, simplemente dejarlo pasar, como si no tuviera que ver con nosotros.
Existe el no implicarse, no volverse, no sumergirse hasta el fondo, hasta las entrañas de cada segundo.
Existe el vivir sin padecer, casi sin respirar.
Sí, todo eso existe. Existe el sobrevivir, el querer a medias, el estar a medias, el respirar a medias, el amar a medias, el mirar a medias, el ser a medias.
Existe el naufragar, el intento abandonado antes de sopesar su utilidad, antes de sopesar si queremos remar.
Existe el existir sin existir.

Existe la anestesia frente a una situación, la impasividad, la espera cansada, agotada. Existe el desgaste anterior a la ocasión de gastarlo, anterior a la ocasión de lucharlo.

Existen las cosas marchitas y las cosas marchitándose, el último pétalo cayendo de la flor, suspendido entre su tallo y la tierra.

El último pétalo que, mecido al antojo del aire y del tiempo, disfruta su camino incierto sabiendo que la tierra palpitante, fértil y húmeda le espera.

Ver

Punto transparente que destella paciente
Vacío inquieto, tímida duda
Ceguera fácil, hedonistas de cuna
Y detrás del conformismo, la amenaza de ver.
Preguntas perdidas ansiando una búsqueda
Caminos inventados, absurdos, acertados
Supuestos ilógicos,
Incoherente coherencia