Mi cama ruidosa

Las palabras retumban en mi mente como el letargo de las gotas que ya casi cesan.
Mi habitación, mi noche ruidosa, mi miedo a amar y ser vulnerada.
Mentía. En parte mentía.
Tres cuartos de polvo calado en un mundo de fuertes en el que resultan impenetrables algunas fachadas.
Me cansé de los funerales de ilusiones, de los escudos tatuados en almas de bronce, de las arañazos provocados por cuerpos sin vida que ni siquiera reparan en las heridas, de las miradas que ni teniéndote frente a frente desenjaulan su aletargada alma vacía.
Ni siquiera ella lo merecía, mucho menos mi pulso a esta vida.

Es por eso que me entrego y no me entrego. Que soy en mi forma de no serlo.
Es por eso que tiro de balanza retrasando el abismo, para cuidar el margen que me cuenta si te marchitas sobre un árbol seco, sobre una rama perezosa y sombría.

Llámalo cobardía. Los pasos me han hecho estúpidamente precavida. Guardar la kamikaze que he sido toda mi vida.
Y aquí me encuentro, pendida de una coma que no entiende de la guerra que, por mi empeño de andar a tientas, con amargo cuidado lidia.

Era mentira.
Amo la vulnerabilidad extinguida, la dulce entrega obsoleta, el silencio de una cama compartida, el abrazo extinguido donde cada sol es buena luna para un silencio que el tiempo cuida.
Amo ser aire y que me zarandee el viento, la pluma que se despoja del cuerpo, el eterno sentir que hasta el nombre olvida, la soñadora loca que se aburre con cada «quizás mañana» que ignorante presume de no ser la parte vencida.

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Como una china en el zapato

Como una china en el zapato, aún tenía su sonrisa atravesada entre las piernas. Levanté el teléfono.
– Te apetece un café?
– venga, llevo el que me ha traído Iñaki de Colombia, ok?
Me duché, me bañé en crema y me coloqué mi camisa holgada fresquita.

Eran las 15:15 y tenía que estar a punto de llegar.
La hora de la siesta es para mí la hora de las sábanas blancas, estiradas, fresquitas. De la persiana entrebajada, dejando el hueco justo para que corra la brisilla cargada de olor a sal y el sonido de las gaviotas planeando libres, dibujando el aire, volando alto.

– ¿Sí?
– Soy Javi, abre
Nala celebraba la visita inesperada y meneando el rabo se puso a ladrar.
– ¿Qué dices, tía?! ¿ qué tal? ¿Por qué te fuiste el sábado tan pronto? Te estuve buscando. – Me dijo mientras me abrazaba salundandome. Yo notaba mi corazón comprimido contra su pecho latiendo a 140 pulsaciones por minuto, incapaz de distinguir si estaba al borde del abismo en el que quemo las riendas o del infarto.

– He traído cafelillo de Colombia.
Me puse a calentar agua y preparé dos vasitos con hielo.
Javi se paseaba por mi estantería viendo los últimos libros que había adquirido.

– El libro de los amores ridículos, eh.
– Me encanta Kundera
– Y te encanta desmontar el amor
– No es cierto
– Ah, ¿no?
– No, últimamente, de hecho, ando medio revolucionada y mira, no he salido huyendo
– Ah, sí? Y de quién se trata?
– Creo que ya está el café.

Llegué con dos vasos y Javi estaba intentando estirar la espalda con cara de dolor.
– Qué te pasa?
– Me hice el otro día daño escalando, tía, y me pegan latigazos de vez en cuando.
– Pásate por la consulta esta semana si quieres y te veo.
– Pues igual sí te pido que me hagas un huequito.
Saqué milhojas de dulce de leche y estuvimos charlando de su último viaje.
Le volvió a dar otro latigazo la espalda.

– A ver, anda, déjame verte. Túmbate aquí, que ahora vengo, – le dije mientras extendía la camilla.

Volví del baño con aceite y empecé a masajear simulando la poca apetencia física de la buena amiga que era al tiempo que escondía las ganas locas que nacían de mi estómago y reducían mi capacidad autonoma de respirar tranquilamente.

Tenía una contractura de tercer grado en el homoplato.

-Ahí justo me duele tela, tía
– Qué calor.
Me remangué y me abrí la camisa mientras le masajeaba. Al fin y al cabo había confianza y mismamente hacia un par de semanas habíamos estado bañándonos en pelotas en la playa.

Mi mano seguía masajeándole mientras mi mente le había atado las manos sobre su espalda, había cogido un hielo del vasito de café y se había sentado sigilosamente sobre él.

Ladeó un poco la cabeza y me vio la cara.
– Qué pasa, tía? Te conozco y esa expresión es distinta.
Apreté los labios queriendo hablar pero sin encontrar palabras.
Volteó el cuerpo hacia mí y me agarró de la mano.
– Ey, ¿qué pasa?
Me miraba fijamente. Apuesto a que mi piel gritaba por mí lo que mi lengua no lograba articular. Todas las palabras habían salido huyendo de mi boca para no romper aquel taquicárdico barranco de silencio.

Tiré levemente de él para sentarle en la camilla. En un instante me atravesó su mirada anulando cualquier tipo de reacción por mí parte y me situó frente a frente contra él. Frente a frente contra la verdad. Él estaba sentado con las piernas entreabiertas y sin premeditarlo me había colado entre ellas.
En un instante de hielo y fuego, derretido y congelado al mismo tiempo, dejó de girar el mundo cuando me mordió el labio para justo después pasar su lengua por todo el contorno de mi boca, tan dulcemente que me estaba matando.
Esbozó una sonrisa y se quedó observando un instante mi expresión.

– Espera un momento, – le dije. Me quité la camisa, estiré bien las mangas y le vendé los ojos con ellas.
– Ahora. Búscame.
Como si de un imán se tratase, llevó la palma de su mano hacia mi pecho donde tuvo que notar el caballo desbocado que cabalgaba dentro y que se rendía manso entre mis piernas. Con la otra mano, me acercó más a él. Entonces no lo dijo, pero aún sin verme, comprendió que yo esta vez no estaba huyendo.

Le conduje hacia el borde de la camilla. Le besé suave primero, y por instantes fui perdiendo gradualmente el control. Justo después desaparecí.
Dejé que durante unos instante alzase las manos buscándome para después asaltarle por la espalda y le fui recorriendo, vértebra a vértebra. Mi lengua desembarcaba en el cuello mientras su cuerpo se erizaba.
– Vuelve a encontrarme – le dije separándome de nuevo mientras esbozaba una sonrisa.
Me movía con una quietud camaleónica mientras me divertía observar cómo, sin poder verme ni escucharme, a modo de una brújula apuntando al norte magnético, iba girando su cabeza hacia mí. Me moví entonces hacia la izquierda y, como el último vagón que inevitablemente lleva la inercia y la senda marcada por el primero, su cuerpo se inclinaba hacia el mío.

Probé a separarme de la camilla sin perderle de vista, caminando marcha atrás hacia el pasillo. Entonces se puso en pie y, guiado por su intuición, se dirigió hacia mí mientras yo seguía caminando de espaldas a tientas.

Me alcanzó en mitad del pasillo. Dejó caer al suelo su venda junto a toda mesura y secuestró mi cuello cogiéndome en brazos de una manera orgánicamente animal.

Empezó a besarme como si el mismo fuego y y el mismo tiempo se fueran a ahogar mañana y quisiera condensar ambos en un solo instante en el que yo caía en picado por un vacío lleno de vértigo donde no se palpaba el fin.

Me sujetó con fuerza mientras mis piernas, mi alma y el resto de mi cuerpo se convertían en un solo canal y entre momentos rítmicos y unas ganas resurgidas de las raíces más salvajes y remotas, perdí la cabeza entre tanta hiperventilación.
Él dejó caer sus esquemas y yo le dejé atravesar mi vida misma, desmontando mi nombre, revistiendo aquella tarde de playa, rebautizando la santa amistad que nos unía y separaba. Amistad que seguiríamos pervirtiendo unos cuantos meses más.

Me gustan las líneas que no son rectas

Me gustan las líneas que no son rectas. Observar que algunas se podrían cruzar y que otras, por más que lo deseasen, jamás lo lograrían.

Me gustan los giros inesperados.

Me gusta la impaciencia y la verdad que desvela; las ganas; la intensidad. Esa intensidad en la que se ahoga la razón y muere la cordura. Aquella en la que las entrañas gobiernan. Me gusta la sensibilidad de la piel que le da voz.

Me gusta el vértigo y el salto al vacío. El no poder controlar aquello que te sorprende y atraviesa. El no querer hacerlo, incluso a pesar del miedo.

Me gustan las mañanas que empiezan torcidas; la doliente paciencia de atravesarlas sin deshabitarse mientras el grito que viene de dentro te libera y desgarra al mismo tiempo.

Me gusta el encuentro inesperado con uno mismo, el sonido de la propia respiración en calma, a pesar de todo.

Pequeño clínex, pequeño dado

Si el clínex fuera un personaje...

Tenía las manos arrugadas y los recuerdos colgados de la espalda.

Su andar, aún guardando el recuerdo de paso firme, se veía atemorizado por las sombras de los tropezones que todos estos años había acumulado.

Pero había algo en él que tenía el lustre de un recién nacido, algo que ni los años ni las decepciones acumuladas habían podido eclipsar, y era el alma blanca y pura que a diestro y siniestro mostraba sin escudo ni filtro.

Si el dado fuera un personaje...

Tiene 80 años y le encanta el bingo, aunque no renuncia a otros vicios

Vive con su gato Milú

Todo el mundo la saluda de camino al mercado.

Tiene andares alegres y vigorosos

Cada día de la semana desayuna escuchando uno de los 6 cds de su colección y los domingos de misa hace ayuno de palabra, pero solo hasta las 12

Tiene 4 hijos y 6 nietos y 17 bisnietos.

Siempre fue una persona atrevida, orientada a la acción, precipitada pero inteligente, aunque no le gusta mucho gastar excesivos recursos mentales premeditando las cosas. 

Era hedonista, creía que en este mundo la emoción tenía que comerle mucho terreno a la razón

Pocas veces se preguntó por el sentido de la vida. Cuando lo hizo, al rato se le olvidó en qué estaba pensando.

Nunca sabía dónde dejaba los trapos de cocina

¿Superpoderes?

Deberes escritura: Pequeño relato inspirado en la siguiente frase "Aquella tormenta eléctrica te mandó al hospital pero, al volver a casa sana y salva, descubriste que tenías superpoderes"

Abrieron las puertas de la ambulancia y me dijeron que me sentara en la silla de ruedas para acercarme al portal.
– Puedo yo sola
– Es protocolo

Empecé a buscar las llaves. Miré dentro del bolso y, con un destello, estas se contonearon para que me fuera más sencillo encontrarlas.

Entré en casa, me pegué una ducha y me senté en el sofá intentando recordar qué había sido de mí paso a paso durante los últimos 7 días.

En principio me mostré incrédula, mi cabeza lo quería negar, pero sí, inconfundiblemente la mirada de la presentadora de las noticias de la 4 iba dirigida exclusiva y personalmente a mí. 

Me iba dando pistas sobre la tormenta. Ok. Me situé en el principio. Volvía de la compra cuando el cielo oscureció tremendamente y empezó a iluminarse repetidamente. Los rayos no cesaban. Pero, ¿y después? qué pasó después? Necesitaba nuevas pistas. Entonces, me concentré y de manera telepática le supliqué nuevas pistas, algún indicio, algún dato que me ayudara a seguir hilando. Ella respondía. Estaba atónita pero sí, en efecto respondía a mis indicaciones. La presentadora ahora me lanzaba nuevas pistas.

Seguí hablando con ella sin hablar durante 20 minutos.

No me lo podía creer. Indudablemente había desarrollado superpoderes

Las riendas de mi vida

Deberes de escritura. Relato con similar comienzo y final

Descorrí las cortinas. El cielo reflejaba hoy el mismo temporal que había albergado mi cuerpo durante toda la noche.

Me desesperecé, me preparé un té con canela en rama, hice mi ritual de yoga y me puse en marcha. Salí con Tomás a comprar el pan, me pasé por la charcutería a ver las ofertas que tenía Pepe y me tomé la cañita de rigor de aperitivo con Laura. Qué haría yo sin escuchar sus historias locas. Tomás entró en casa como si el paseíto del domingo por el barrio le hubiera sabido esta vez a media maratón. Puse la mesa y nos sentamos a esperar mientras sonaban las repetitivas noticias de fondo. 

– A estar horas ya tenía que haber llegado.

– No te intranquilices, seguro que ya mismo aparece.

La sopa permanecía fría encima de la mesa. Su aroma se iba extendiendo por todas las habitaciones y el patio de la casa mientras la grasilla de las capas superiores se iba solidificando lentamente.Era el plato preferido de Laura y por eso mi madre lo había preparado. La previsión del día estaba clara: cocidito, un buen rato de sobremesa de esos que te alegran el alma y la vida y una buena tarde de mus.

Todos los domingos aprovechaba para regocijarme en la misma sensación.

Normalmente la rescataba cuando mi padre vacilaba con las cartas en la mano y, tomándose un tiempo más típico de un buen movimiento de ajedrez que de mus, yo me aburría mientras él decidía parsimonioso su jugada.Ahí llegaba mi momento, junto al aburrimiento. Bendito aburrimiento. Era en él donde yo hallaba la felicidad. Donde hallaba un rato de quietud que me permitía pensar que la felicidad tan perseguida no era otra cosa que un rato de monotonía aburrida donde TODOS, y aquí está el quiz de la cuestión, TODOS estábamos, simplemente. Para mí no había mayor definición gráfica de felicidad que estar rodeada de ellos. 

Pero este era un domingo distinto. Eran las cuatro de la tarde y no había señal ninguna de Susana.

– Llámala otra vez, por favor – decía mi padre, mientras mi madre intentaba quitarle hierro al asunto. Yo la miraba a los ojos y tras ese manto de calma con el que intentaba abrigarnos a todos, veía unos ojos asustados.

De repente, Tomás se puso a ladrar. Pasaron diez segundos que parecieron treinta minutos y se abrió la puerta. Nadie decía nada. La expresión de Susana era una incógnita.  Pidió disculpas, se quitó el abrigo presurosa, se lavó las manos y se sentó a la mesa sin soltar el bolso. 
– Disculpad. Me quedé sin batería y no pude avisar. 

Susana tenía un gato encerrado en el pecho y yo intuía que en cualquier instante iba a saltar pero era incapaz de anticipar el momento. Mientras comíamos, Susana no mencionada palabra. ¿Qué había ocurrido, ¿de dónde venía?

Retiré los platos.

– ¿Queréis algo de postre?

– Yo algo de fruta – dijo mi padre.

– Me voy a Nicaragua. 

Mis padres la miraron sin articular palabra. 

Tras cruzar a tientas un océano de silencio, mi padre reaccionó.

Susana, acabas de cumplir diecinueve años. ¿A Nicaragua? ¿Tú sola? ¿Cómo que te vas? ¿Cuánto tiempo? ¿Por qué?

– Me voy. No puedo decirte cuánto tiempo ni cuándo vuelvo, papá.

– ¿Cómo que te vas, y Derecho? ¿Dejas la carrera? ¿No estabas tan contenta? Con el esfuerzo que te ha costado sacar este primer curso completo. 

– Mamá, tú lo sabes bien. Odio Derecho. Me he esforzado este año, sí, pero era por haceros felices. No me gusta Derecho, no me veo en un despacho, no me veo entre leyes, tomos, juzgados y pleitos. Lo siento mucho si os decepciono. 

Sé que siempre esperásteis de mí que fuera la jueza que el abuelo no llegó a ser, pero esta no es mi vida. 

Me voy a Nicaragua a colaborar en un centro de recuperación de animales marinos. Vengo de la embajada de recoger el visado. Necesito empezar a vivir mi vida. Ponerle mi nombre. Espero que podáis entenderme.

El vuelo despegó a las siete de la mañana. A las cinco estábamos los tres y Tomás en casa de Susana recogiéndola. Llevaba una maleta mediana, un pañuelo liado al cuello y una felicidad en la cara de esas que no se borran de la memoria de quien la contemple.

Nos montamos en el coche. Nadie decía nada. Mi mente reproducía en cadena la felicidad que mi hermana llevaba tatuada en la cara. Era tal su disposición y confianza que me hizo dudar y desconfiar al mismo tiempo de la posición que yo ocupaba. Me engañaba a menudo creyéndome dueña de mi propia vida y sin embargo ahora no me podía esconder de una obviedad que me perseguía:  Siempre me había dejado arrastrar por el transcurso de las circunstancias. Me sentía como una china que arrastra el río, que lo mismo acaba en el mar, creyéndose libre a pesar no de haber hecho mérito ninguno por llegar hasta allí, que acaba perteneciendo a la primera balsa que se esconde detrás de la primera curva, donde el agua estancada empieza a favorecer la permanencia que las arañas de agua adoran.

Apenas tuve apetito de cenar esa noche. Es como si el sueño, tan deseado hoy, fuera el EXIT de la reina de las incógnitas: ¿Qué vida estaba viviendo yo? ¿Era la mía? Y entre la curva, la recta y el punto del interrogante, por suerte me quedé dormida. 

Sonó el despertador y descorrí las cortinas. El cielo reflejaba hoy el mismo temporal que había albergado mi cuerpo durante toda la noche.

– A estar horas ya tenía que haber llegado. 

Mar sin mapa

Estaba ahí, tan cercano como inaccesible, tan deseado como prohibido.
Siempre le había percibido como la otra orilla. Yo era una, y él, la de enfrente. Teníamos todo el recorrido de un largo río para tender un puente que nos conectase y acercase. Pero ahora, repentinamente el río había desembocado en un mar que no aparecía en el mapa. La ilusión de convertirnos en pequeños pisces que nadan contracorriente río arriba no era más que una lejana quimera, porque lo que bajaba, aparte del agua, era el tiempo, y jamás se podría revertir.

Seguro que lo sabemos hacer mejor

Que el veto se haya levantado no quiere decir que todo haya pasado, que la realidad sea otra, que lo hayamos hecho muy bien ni que sea hora de quemar las ganas que teníamos de calle.

El virus sigue circulando, la gente se sigue contagiando, sigue habiendo personas que marchan sin despedida (¿os habéis parado a imaginar de verdad?) y seguirá por siempre habiendo más de 23 mil que se han marchado ya.

Cuando veo las imágenes de gente casi apelotonada, no me viene a la cabeza más que una cosa: la verdadera pena que damos. Cuánta empatía nos falta para poder llegar a ser los humanos a los que el término “humanidad” se refiere.
Parece que ya no nos queda mucho de eso.

No es hora de quemar la calle con salidas disfrutonas. No es hora del olvido. Nunca lo será pero mucho menos ahora, que la situación sigue siendo GRAVE.
Nunca habrá borrón y cuenta nueva tras el encierro por mucho que os empeñeis en celebrar ahora con abrazos absurdos. No hay nada que celebrar.
La realidad sigue siendo la misma con la única diferencia de que, por suerte, la sanidad empieza a estar menos colapsada.

Por favor, hagámoslo bien, no seamos imbéciles.
Seamos responsables: aún podemos contagiarnos, aún podemos contagiar y aún puede morir gente por nuestra irresponsabilidad.

No es momento para el egoísmo, para la ceguera ni para el olvido.
Es momento de seguir cuidándonos a pesar de que no nos obliguen forzosamente a ello.
Es momento de que sea una elección y no una imposición. ¿De verdad si lo dejan en nuestra mano, no elegimos proteger y cuidar al que tenemos al lado? ¿No nos gustaría que quien pasease cerca de los nuestros cuidase de no enfermarlos?
Depende de otros seres que cuando esto pase (cuando pase de verdad), podamos ir y abrazarles.
Depende de nosotros que los demás también puedan abrazar a los suyos.

Nos han dado un voto de confianza que a la vista de las primeras imágenes, no merecemos.

Vayámonos por favor a la esquina de meditar. Seguro que lo sabemos hacer mejor.

 

Pequeña valiente

La he buscado muchas veces fuera cuando la tenía dentro, reposando en mis rincones cohibidos, deseosa de que le diera la orden para empezar a trepar por mis entrañas y escurrirse por mis dedos, de dentro hacia afuera, atravesando la piel, convirtiéndose en palabras. Y yo empezando a pensar que esa manera de sentir con el alma descubierta, que esa magia que me da cuerda, se había marchado sin dejar rastro, tan siquiera una nota o un mapa que me ayudase a encontrarla de nuevo. Y resulta que estaba ahí, paciente, serena, simplemente esperando a que acallase las críticas que me hacían perder la fe y el amor en mí y volviese a mirar hacia dentro. No tuve que hacer más. Escuchar el leve susurro de su letargo, atreverme a mirarla, mirarme, encontrarla, encontrarme, expresarla.
Vuelvo a recuperar la palabra. Vuelvo a recuperar la vida que corre por mis venas.

Gracias, pequeña valiente que vives en mí por esperarme todo este tiempo, por no abandonarme, por hacerme ver, ahora sí, que eres parte de mí.